¿WITTGENSTEIN
O PEIRCE? : PRAGMATICISMO Y JUEGOS DE LENGUAJE
Julián
Fernando Trujillo Amaya
Profesor
Departamento de Filosofía
Universidad
del Valle, Cali-Colombia
Introducción: El encuentro entre Peirce y
Wittgenstein.
No existe ninguna
prueba definitiva que permita afirmar que Wittgenstein fue influenciado por
Peirce o que haya leído alguno de sus textos publicados[1].
Sin embargo, podemos encontrar algunos trabajos muy esmerados en los que se
pretende rastrear algunas posibles conexiones entre ambos autores[2].
El profesor Jaime Nubiola[3],
por ejemplo, recorre la senda trazada por Renford Bambrough[4],
Robin Haack[5] y John
Upper[6],
y pretende encontrar las influencias del pensamiento de Peirce en las
investigaciones filosóficas de Wittgenstein a través de los diversos autores
que estuvieron en contacto con ambos filósofos. Este tipo de ejercicio conduce
a una serie de hipótesis arriesgadas sobre lo que Frank Ramsey, C. K. Ogden y
Bertrand Russell habrían conversado con Wittgenstein. El profesor Gasking[7]
en la Universidad de Illinois en 1961
conjeturaba que Ramsey habría sido un intermediario entre Peirce y
Wittgenstein, pero A. A. Mullin señaló, a propósito de dicho comentario, que
Russell le había dicho personalmente que dudaba que Peirce pudiera haber
influenciado a Wittgenstein. Además Russell mismo confesó en el prólogo a An Introduction to Peirce’s Philosophy
de J. K. Feibleman[8] que no había conocido y estudiado
en detalle a Peirce sino hasta muy tarde: “Yo soy –lo
confieso para mi vergüenza- un ejemplo del olvido indebido que Peirce ha
sufrido en Europa. Oí hablar de él por primera vez a William James, cuando
estuve con ese eminente hombre en Harvard en 1896. Pero no leí nada suyo hasta
1900, cuando empezó a interesarme el ampliar la lógica simbólica a las
relaciones, y me enteré a través del Algebra der Logik de Schröder de que
Peirce había tratado esa cuestión. Aparte de su trabajo sobre ese tema, no
había leído nada suyo hasta hace poco, excepto el volumen titulado por sus
editores (Chance, Love and Logic, 1923)”[9].
Thayer[10]
sugiere que Ramsey tuvo noticia de la teoría de los signos y el significado de
Peirce gracias a Russell, pero Nubiola[11]
asegura que fue a través de C.K. Ogden como Ramsey obtuvo, mientras preparaba
la traducción del Tractatus, noticias
sobre los escritos de Peirce. En efecto, en la reseña que Ramsey hizo en Mind (1924) del libro The Meaning of Meaning de C.K. Ogden e I.
A. Richards, Ramsey destaca el apéndice sobre Peirce[12].
Wittgenstein acusa recibo de una copia de este texto en una carta a Ogden de
Marzo de 1923[13]. Y
en la reseña del Tractatus que Ramsey
publicó en Mind (1923)[14],
había señalado que Wittgenstein hacía un uso ambiguo de la expresión
“proposition” y sugería que dicha ambigüedad habría podido evitarse si
Wittgenstein hubiese utilizado la distinción entre tipo (type) y ejemplar
(token) establecida por Peirce[15].
Es difícil creer que en sus conversaciones Wittgenstein y Ramsey no hablaran sobre esta ambigüedad
del “signo proposicional” y como desde la perspectiva de Peirce la proposición
puede ser considerada como un tipo cuyas ocurrencias constituyen todos los
ejemplares de signos proposicionales, los cuales tienen en común no sólo cierta
apariencia sino un cierto sentido[16]. No hay duda que Ramsey conoció y leyó a
Peirce, pero además es posible que en sus encuentros con Wittgenstein haya discutido o
presentado las ideas de Peirce a Wittgenstein, pero no existe prueba alguna de
esto.
Bambrough (1981) ha
llamado la atención sobre las coincidencias entre ambos autores sobre diversos
temas e incluso se detiene sobre un fragmento en las Investigaciones (§81) donde Wittgenstein dice que “Ramsey insistió
una vez conversando conmigo en que la lógica es una ‘ciencia normativa’”, pero
ni Ramsey dijo de donde tomaba esta idea ni Wittgenstein hace referencia a
Peirce en su obra, aunque ciertamente esta es una concepción sobre la que
Peirce trabajo en varios lugares y sobre la que se concentró en una de sus
conferencias en Harvard en 1903[17].
A Bambrough[18]
le parece interesante que esta concepción de lógica aparece ligada a la
metáfora de “semejanza de familia” (family resemblances), ya que Peirce la usa
tanto cuando habla del parecido entre los lógicos británicos desde Guillermo de
Ockham y Duns Scotus hasta Herschel y Hamilton[19],
como cuando trata de las tres ciencias normativas (Estética, Ética y Lógica),
de las que Peirce dice que presentan “a family likeness”[20].
Peirce habla también de familias y semejanzas de familia entre investigadores[21]
y estuvo preocupado por mostrar “la
cercana alianza, la identidad de familia, de las ideas”[22].
No obstante, este
tipo de especulaciones e interpretaciones forzadas sobre la influencia de
Peirce sobre Wittgenstein no tienen mucha relevancia filosófica y dudo mucho que
contribuyan a esclarecer el pensamiento de alguno de ellos. Además, comparar a
Peirce y Wittgenstein puede ser no sólo arriesgado sino infructuoso. Fueron dos
pensadores muy diferentes y pertenecieron a épocas y tradiciones distintas. La
Viena de Wittgenstein y el Cambridge de Peirce fueron ambientes muy diferentes.
Aunque no ha faltado quien reconoce similitudes en el ambiente cultural y
social que tuvieron ambos autores, rodeados desde la infancia por escritores,
pintores, científicos, músicos en ambientes familiares de las elites exclusivas
en Boston y Viena, pero lo cierto es que las historias personales son muy distintas.
Mientras Wittgenstein logró reconocimiento entre los intelectuales, académicos
y filósofos de la Universidad de Cambridge en Inglaterra, Peirce fue excluido
del ambiente académico de Nueva
Inglaterra y vivió al margen en el más completo aislamiento y desconocimiento.
Wittgenstein asumió una vida de austeridad y renuncia voluntaria a la riqueza,
Peirce se vio obligado a vivir en la necesidad y la pobreza debido a sus problemas económicos. Wittgenstein huía
de la vida académica hacia el campo para aislarse, meditar o enseñar a niños de
la escuela primaria, Peirce vivió en el campo anhelando regresar al mundo
académico de la urbe y retomar sus clases en una universidad. Mientras
Wittgenstein tuvo discípulos y variados interlocutores que tomaban atenta nota
de sus reflexiones y dialogaban con él sobre sus preocupaciones filosóficas,
Peirce permaneció solitario vendiendo charlas a interlocutores itinerantes,
salvo su gran amigo James y algunos cercanos corresponsales con los cuales tuvo
una comunicación intermitente, esto es, no siempre fluida y bidireccional. Peirce era
entusiasta y optimista frente a la ciencia, Wittgenstein era escéptico y pesimista.
Wittgenstein leyó o tuvo conocimiento de James, Schiller y Dewey, y murió el 29
de Abril de 1951, por tanto, posiblemente conoció algo de o sobre Peirce. Mientras que
este último murió de cáncer el 19 de Abril de 1914 y por ello es imposible que haya
conocido o leído algo de o sobre Wittgenstein.
Sin embargo, el hecho
que ambos autores llegaran de forma independiente a conclusiones semejantes sobre
ciertos aspectos y coincidieran en la preocupación por la claridad y el enfoque
del análisis del lenguaje como el método apropiado para resolver los problemas
filosóficos tradicionales, es un argumento a favor de aquello en lo que
coinciden. Wittgenstein y Peirce comparten el anticartesianismo, la
preocupación por el problema de los universales y el ataque al nominalismo; también coinciden en
su rechazo al mentalismo, el psicologismo y la introspección, en el
reconocimiento de la importancia de la reflexión sobre la vaguedad y la
precisión en el lenguaje, y en la preocupación por la claridad del pensamiento
y la erradicación de la confusión en la investigación filosófica. Ambos desarrollaron
un estilo de pensamiento fragmentario y dejaron sin publicar casi la mayoría de sus
obras, en parte porque consideraron el pensamiento humano como algo falible y en
permanente revisión, pero también porque fueron muy exigentes consigo mismos
como para ofrecer al público ideas que ellos consideraban que todavía debían
ser sometidas a revisión y corrección. Peirce escribió en 1903 que sus pensamientos
publicados “no os ofrece más que afloramientos esparcidos y desordenados”, él
creía que en los fragmentos dispersos de sus escritos había ideas interesantes,
“pero ningún ser en el mundo podría coordinar los fragmentos. Yo mismo soy
incapaz de ello”[23].
Wittgenstein, por su parte, dijo en el prólogo que planeó para las Investigaciones: “Tras varios intentos desafortunados de ensamblar
mis resultados en una totalidad semejante, me di cuenta de que eso nunca me
saldría bien. Que lo mejor que yo podría escribir siempre se quedaría sólo en anotaciones
filosóficas (…) Me hubiera gustado producir un buen libro. Eso no ha sucedido,
pero ya pasó el tiempo en que yo podría haberlo mejorado”[24].
Estas muestras de
autocrítica y otras coincidencias temáticas, de estilo o carácter, no son
suficientes para sostener un vínculo filosóficamente relevante entre
Wittgenstein y Peirce, y resulta improductivo limitarnos a establecer una serie
de puntos sobre los que tenían opiniones similares y coincidencias, o pretender
que algunas similitudes meramente verbales en el uso de ciertas expresiones
pudieran ser suficientes para establecer una conexión fuerte entre ambos. Además,
no puedo ni debo en este espacio abordar la discusión sobre todos estos puntos
de convergencia, aunque el lector podrá identificar algunos de ellos que se
encuentran en el trasfondo de este trabajo. Básicamente voy a concentrar mis
esfuerzos en, por una parte, caracterizar brevemente la noción de “juegos del lenguaje” que Wittgenstein
presenta en su periodo de transición (sobre todo me ocupo de este concepto en el contexto de los Cuadernos
Azul y Marrón, la Gramática Filosófica
y la primera parte de las Investigaciones
Filosóficas), cuando inicia su concepción filosófica
madura, mostrando su desarrollo y consolidación como un concepto fundamental en
el periodo después de su regreso a Cambridge en 1929 y, por otra, voy a exponer
la concepción pragmaticista que Peirce propone en la última etapa del desarrollo
de su pensamiento, haciendo especial énfasis sobre el rol clave que cumple la
noción de semiosis en la lógica de
los signos que él desarrolló. En este punto procederé también a mostrar algunas
“semejanzas de familia” que podemos identificar entre las nociones de juegos de lenguaje y semiosis en relación con la nueva
perspectiva pragmaticista sobre el significado que aparece en ambos autores. Adicionalmente,
pretendo ofrecer un par de argumentos para defender que estar de acuerdo con
esta interpretación nos impide aceptar la aplicación de la dicotomía “lenguaje
como medio universal versus lenguaje como cálculo”, propuesta por Jaako
Hiintikka. El “pragmaticismo semiótico” de
Peirce y la noción de “juegos de lenguaje”
de Wittgenstein no pueden entrar sin deformación en este lecho de Procusto. Como tesis general pretendo sostener
que el Pragmaticismo presenta una nueva
perspectiva sobre la relación entre lenguaje, pensamiento y realidad basada en
una nueva concepción del significado entendido como la acción de los
intérpretes mediante el uso y efecto de los signos. Peirce y Wittgenstein no
pueden ser encasillados en el pragmatismo clásico ni en el pragmatismo
lingüístico, pero tal vez el Pragmaticismo si puede resultar un criterio apropiado
para caracterizar sus enfoques sobre el significado. Basta observar los efectos
prácticos y teóricos concebibles que se derivan de asumir a Peirce y Wittgenstein como
pragmaticistas.
Soy plenamente
consciente que propiciar un encuentro entre Wittgenstein y Peirce es una pretensión
que se expone a muchas objeciones y resistencias, tanto de parte de los
admiradores de la obra de Peirce como de los estudiosos de Wittgenstein. Se ha
argumentado que Wittgenstein no tiene antecedentes similares en la historia del
pensamiento occidental y que su filosofía inaugura un camino completamente
nuevo y original que no tiene comparación[25].
Por supuesto estoy de acuerdo en que ambos fueron únicos y geniales. Sin
embargo, cuando digo que hay una “semejanza
de familia” entre las nociones de “juegos
de lenguaje” y “semiosis” sólo quiero
señalar que hay una serie de relaciones y confluencias que podemos reconocer o
establecer entre los enfoques sobre el significado que estas nociones proponen,
y que estas relaciones y encuentros posibles no significan que podamos señalar
una propiedad común ni pretendo sugerir que dichas nociones poseen una esencia
compartida o que ambos autores pertenecen a una misma categoría. No resulta
afortunado ni esclarecedor tratar de clasificar a Wittgenstein y Peirce en taxonomías
generalizadoras. Sencillamente quiero insistir sobre algunas relaciones que
podemos establecer, ciertos encuentros que podemos propiciar y al tiempo
ofrecer alguna luz sobre la forma de hacer filosofía que sendos autores
practicaron.
1. Pragmaticismo y procesos de semiosis
El Pragmaticismo es
presentado frecuentemente como el término acuñado por Ch. S. Peirce para
designar su propia concepción pragmática, a fin de diferenciar su punto de
vista del de otros pragmatistas. Sin embargo, el Pragmaticismo constituye
también el resultado de un esfuerzo realizado por Peirce, durante más de tres
décadas, a fin de corregir las interpretaciones equívocas o exageradas de la
formulación inicial que él ofreció de su máxima pragmática[26].
Para Peirce su Pragmaticismo no es un sistema filosófico sino solo un método de
pensamiento correcto, cuya base es el análisis de los conceptos generales o
símbolos intelectuales. Su primera formulación de la máxima pragmática en 1878
fue: “Considérese que efectos, que pudieran concebiblemente tener repercusiones
prácticas, concebimos que tiene el objeto de nuestra concepción. Nuestra
concepción de la totalidad de esos efectos constituye la concepción completa
del objeto”[27], “Una
concepción es el significado racional de una palabra u otra expresión y reside
exclusivamente en sus repercusiones concebibles en la conducta de la vida”[28].
Pero Peirce reformuló ésta máxima en 1905 de la siguiente manera: “el
significado intelectual total de cualquier símbolo consiste en el total de
todos los modos generales de conducta racional que, condicionados a todos los
posibles deseos y circunstancias diferentes, resultarían de la aceptación del
símbolo”[29].
El Pragmaticismo de
Peirce se ocupa de fijar el propósito intencional apelando a las consecuencias
concebibles y efectivas del uso de los signos en el marco de los procesos de significación realizado por
los intérpretes. Según Liszka[30],
Peirce señala que para que algo se considere un signo debe, en cualquier
proceso o serie de procesos generadores de significado, ser capaz de mediación,
direccionalidad e interpretación: “Un signo, o representamen, es algo que está
por algo para alguien en algún aspecto o capacidad. Se dirige a alguien, esto
es, crea en la mente de esa persona un signo equivalente o, tal vez, un signo
más desarrollado. Aquel signo que crea lo llamo interpretante del primer signo.
El signo está por algo: su objeto. Está por ese objeto no en todos los
aspectos, sino en referencia a una especie de idea, a la que a veces he llamado
fundamento [ground] del representamen”[31],
en otro lugar aclara: “Algo que hace que alguna otra cosa (su interpretante) se
refiera a un objeto al que él mismo se refiere (su objeto) de la misma manera,
el interpretante llegando a ser a su vez un signo, y así hasta el infinito”[32]
y, finalmente, precisa: “Un signo que se constituye como signo mera o
principalmente por el hecho de que es usado y comprendido como tal”[33].
El Pragmaticismo
tiene como base el uso de los signos e implica el estudio detallado de todas las
variedades de lo que Peirce llamó “procesos de semiosis”[34].
La semiosis o proceso de significación es el tema central de la Semiótica: “La Lógica, en su sentido general
sólo es, como creo haber mostrado, otro nombre para la Semiótica, la doctrina
"cuasi-necesaria", o formal, de los signos. Al describir la doctrina
como cuasi-necesaria, o formal, quiero decir que observamos las características
de tales signos como los conocemos, y de tal observación, por medio de un
proceso que no me opongo a llamar Abstracción, somos llevados a afirmaciones,
eminentemente falibles y, por lo tanto, en un sentido de ninguna manera
necesarias, sobre lo que han de ser las características de todos los signos
usados”[35].
Como cada representamen está conectado con tres
cosas: el fundamento, el objeto y el interpretante, la Semiótica debería comprender
una triple dimensión del lenguaje: gramática, lógica y retórica[36]
o, como más tarde Charles Morris llamó a estas áreas respectivamente: sintaxis,
semántica y pragmática[37].
La gramática o sintaxis tiene como tarea indagar lo que debe ser verdadero del
representamen usado para que pueda incorporar cualquier significado. La lógica o
semántica es el estudio de las condiciones formales de verdad de las
representaciones y aborda las relaciones entre el objeto y el representamen que
puedan ser válidas para cualquier objeto, es decir, que pueda ser verdadero. La
retórica o pragmática averigua las leyes por las cuales un signo engendra otro
signo, y especialmente un pensamiento genera otro. Peirce insistió en que una
adecuada teoría del significado debe dar cuenta de los usos y efectos de los
signos en los contextos de utilización efectiva desde la perspectiva retórica,
es decir, pragmática[38].
La semiósis es entonces para Peirce la acción mediante
signos: “Por semiosis entiendo una acción, una influencia que sea, o involucre,
una cooperación de tres elementos, como, por ejemplo, un signo, su objeto y su
interpretante, una relación tri-relativa, que en ningún caso se puede resolver
en una acción entre dos elementos”[39]. Todo
el pensamiento y toda la obra de Peirce se configura a partir de estas tres
categorías básicas, indispensables para que “algo funcione como signo” y para
dar cuenta del significado inherente a la acción de los signos[40] primeridad
[Firtness], segundidad [Secondness] y terceridad [Thirdness]. Peirce describe
de una manera u otra estos elementos, y explora variadas terminologías para
hablar de ellas. Primeridad, segundidad y terceridad indican la relación de orden
que se establece entre ellas; así, un primero no necesita nada más que de sí
mismo para ser; un segundo precisa necesariamente de un primero para ser, pues
sin la referencia a un primero no habría un segundo. Un tercero es lo que
establece la relación entre un primero y un segundo, en este sentido un tercero
es siempre un mediador: “Hay tres clases de interés que podemos tener en una
cosa. Primero, podemos tener un interés primario en la cosa por sí misma.
Segundo, podemos tener un interés secundario en ella a causa de sus reacciones
con otras cosas. Tercero, podemos tener un interés mediador en ella, en tanto
que transmite a la mente una idea sobre una cosa. En tanto que lo hace así es
un signo o representación”[41].
Para Peirce, la
semiótica estudia el comportamiento del signo en tanto actividad humana, por
ello es “la doctrina de la naturaleza esencial y las variedades fundamentales
de la semiosis posible […]”[42].
Se concentra en la acción de significar gracias a la cooperación de los tres
elementos que intervienen en todo acto significativo o proceso de semiosis[43].
Para Peirce, el signo no es una reducción del significante al significado, sino
que va mucho más allá de esto, ya que determina lo pensable. Lo representado cumple
un rol fundamental, puesto que la experiencia de la realidad se da semiotizada,
es decir, no hay nada en el intelecto que
no pase por la experiencia, así los juicios perceptivos introducen una
organización semiótica del mundo[44].
El proceso de percepción que establece los límites de la cognición se presenta
como un fenómeno conceptualizado mediante una serie de categorías básicas, es
decir, el modo de representación y las interpretaciones mediante las cuales
conceptualizamos y categorizamos el mundo, están determinados por los procesos
de semiosis: “nunca podemos estar absolutamente seguros de que un juicio es
perceptual y no abductivo”[45].
Esto nos permite elaborar un mapa del mundo que todos podemos compartir y
pensar en común. Así, los símbolos del lenguaje son la expresión más evidente
de nuestra forma de pensar el mundo. Las acciones, interacciones e
interpretaciones que constituyen nuestras formas de vida, tienen como base los
procesos de semiosis con los cuales interactuamos con los otros, consigo mismos
y con el mundo.
2. Juegos de Lenguaje y uso de los signos
La noción de juegos de lenguaje es introducida por
Wittgenstein en sus reflexiones filosóficas después de 1929, a fin de poner de
presente los innumerables modos en que funciona el lenguaje, en contraste con
la concepción restringida que circunscribe el lenguaje al describir y el
nombrar. Según esta vieja concepción que Wittgenstein atribuye a Agustín, la
conexión entre lenguaje y mundo se realiza mediante el mostrar y el indicar[46].
Sin embargo, la noción de juegos de
lenguaje pretende mostrar precisamente que dicha conexión se da mediante el
uso de las expresiones en situaciones concretas. Al tratar de establecer el
significado debemos considerar no solamente el hablar sino toda la conducta
ligada a nuestros usos de las palabras y enunciados. La conexión entre las
palabras y las cosas depende de la totalidad del juego de lenguaje en la que se
inscriben, de todas las actividades no lingüísticas con las que aquellas están
entremezcladas. La noción de juegos de
lenguaje de Wittgenstein pone de manifiesto que el lenguaje es parte de la
actividad humana, de una forma de vida[47].
El significado no se funda, según esta perspectiva, en la capacidad del
lenguaje para reflejar el mundo y producir una imagen verdadera o falsa de él,
sino que la significación es el resultado del entrelazamiento del lenguaje con
el resto de nuestra praxis vital comunitaria[48].
La noción de juegos de lenguaje aparece ya en los Cuadernos Azul y Marrón, en el Big Typescript y en la Gramática filosófica[49],
aunque encuentra su desarrollo y consolidación en las Investigaciones Filosóficas, Zettel,
en Sobre la Certidumbre y otras de
sus obras maduras como los diversos escritos sobre filosofía de la psicología.
En las Investigaciones Wittgenstein insiste
en que para comprender lo que es una pieza de ajedrez es necesario comprender
el juego en su conjunto, las reglas que lo constituyen y la función que cada
pieza desempeña dentro del juego. Análogamente el significado de una palabra es
su lugar en un juego de lenguaje: “la pregunta ‘¿qué es realmente una palabra?’
es análoga a ‘¿qué es una pieza de ajedrez?’”[50].
En la Gramática[51]
Wittgenstein saca partido a la analogía entre el lenguaje y el ajedrez, que es
también un argumento que usó en sus conversaciones con algunos positivistas del
círculo de Viena, pero Wittgenstein muy pronto comenzó a darse cuenta que el
ajedrez y su estricto sistema de reglas precisas no son representativos de
todos los juegos. Wittgenstein abandona el modelo del cálculo y la teoría
figurativa del Tractatus, e
igualmente abandona el ajedrez como juego modelo; en su etapa de transición él explora
una más amplia concepción de “juego del lenguaje” desde la que aborda la
multiplicidad de juegos posibles. Esta nueva herramienta conceptual conduce a
que el enfoque a priori de su primera filosofía sea reemplazado por la
observación persistente de los casos particulares, no ya como ilustración de un
lenguaje ideal o modelo, sino como un corpus a partir del cual podemos
comprender la multiplicidad de usos del lenguaje y la imposibilidad de un
lenguaje ideal como modelo. No hay ninguna característica “esencial” que sea
común a todo lo que llamamos “juego”, pero tampoco podemos decir que “juego”
tiene varios significados independientes. Los diferentes usos del término
poseen lo que él llamará un “parecido de familia”[52].
En las Investigaciones Wittgenstein
desarrollará esta noción de “semejanza” o “parecido de familia” como aquello
que permite entretejer diferentes juegos de lenguaje sin que ello determine una
esencia común[53].
En contraste con
Frege, quien había señalado que una palabra solo obtiene significado en el
contexto de una oración, Wittgenstein insistirá en que un signo sólo obtiene
significado a partir de su uso en un determinado juego de lenguaje[54].
De aquí que muchos sin sentidos y confusiones surjan de usar un signo fuera del
juego de lenguaje que le corresponde[55].
Usar una palabra en un juego de lenguaje
distinto del apropiado es una de las causas más comunes de perplejidad
filosófica, por ello resulta importante para la investigación filosófica misma
el estudio de los juegos del lenguaje:
“la filosofía no es descripción del uso del lenguaje y, sin embargo, se puede
aprender filosofía si se atiende constantemente a las expresiones de la vida
del lenguaje”[56].
La noción de juegos
de lenguaje aparece en un punto de inflexión en el pensamiento de Wittgenstein
y se convierte en uno de los conceptos centrales de su última filosofía. Ya en
el Tractatus[57]
el concepto de uso aparece en conexión con el de significado. Pero en el Tractatus este concepto no fue desarrollado
en términos de juegos de lenguaje. Será en las Investigaciones Filosóficas donde Wittgenstein va a remediar esta
falencia, que él considera ligada a una teoría errada del lenguaje humano. Para
el Wittgenstein del Tractatus el
aspecto decisivo para establecer el sentido de un signo es la referencia.
Comprender el sentido de una proposición equivale a conocer sus condiciones de
verdad, esto es, saber cuál es su referencia en el caso de que sea verdadera[58].
En la primera fase de su pensamiento Wittgenstein sólo tomó en consideración el
uso descriptivo del lenguaje. Según este punto de vista el lenguaje solamente
se usa para representar el mundo y de ahí su carácter esencialmente descriptivo.
En el Tractatus las palabras
individuales en un lenguaje nombran objetos, el objeto que representa la
palabra es su significado. Las palabras constituyen nombres mientras que las
proposiciones son descripciones o retratos de los hechos. Así pues, las
proposiciones son retratos de los hechos que pueden ser analizadas en sus
componentes últimos (los nombres), que corresponden a objetos simples[59].
Las Investigaciones Filosóficas están
dirigidas en contra de esta concepción del lenguaje. En toda su obra y demás
escritos posteriores a su regreso a Cambridge después de 1929, Wittgenstein sugiere
nuevas analogías para comprender el lenguaje (como una ciudad antigua, como una
locomotora, como un mapa, como un juego) y nos invita, por ejemplo, a comparar
el lenguaje con una caja de herramientas, puesto que las funciones de las
palabras son tan diversas como las funciones de las herramientas[60].
Las palabras se caracterizan por sus usos de manera semejante a como las
herramientas por sus funciones. Las palabras se usan para fines diversos, como
el dinero, y no es posible determinar una única función común a todos los
signos del lenguaje como, por ejemplo, nombrar cosas o describir hechos. Se
trata de una nueva manera de concebir la relación entre el lenguaje y la
realidad: El lenguaje es una colección de actividades y herramientas que sirven
para múltiples y variados propósitos[61].
El lenguaje es, desde
el punto de vista de su función, un conjunto de actividades o usos que forman
una familia, tal y como ocurre con los juegos. Por ello, y a fin de evitar los
errores y dificultades de la doctrina atomista del Tractatus, Wittgenstein recomienda sustituir la pregunta “¿Qué es
el significado?” por esta otra: “¿Cómo se explica el significado?”[62].
La respuesta es: enseñando a usar las expresiones.
En el Cuaderno Azul Wittgenstein nos propone
el estudio de lo que él llama “Juegos de Lenguaje”. El sugiere que imaginar
diversos juegos de lenguaje resulta muy provechoso si queremos estudiar los
problemas fundamentales y erradicar algunas confusiones filosóficas. Los juegos de lenguaje son caracterizados
inicialmente en el Cuaderno Azul como
“formas primitivas de lenguaje”, “formas de lenguaje” o “lenguajes primitivos”
mediante los cuales comenzamos a hacer uso de las palabras[63].
Wittgenstein parece sugerir que estas “formas primitivas de lenguaje” más
simples nos permiten esclarecer otros procesos de pensamiento altamente
complicados[64].
La noción de juegos de Lenguaje
aparece en el Cuaderno Azul como una
nueva herramienta conceptual para investigar el lenguaje y sus relaciones con
el pensamiento y la realidad: “cuando consideramos formas del lenguaje tan
sencillas, desaparece la niebla mental que parece envolver nuestro uso
ordinario del lenguaje. Vemos actividades, reacciones, que son nítidas y
transparentes. Por otra parte, en estos sencillos procesos reconocemos formas
de lenguaje que no están separadas por un abismo de las nuestras, más
complicadas. Vemos que podemos construir las formas más complicadas partiendo
de las primitivas mediante la adición gradual de formas nuevas”[65].
Los juegos de lenguaje son utilizados por
Wittgenstein como una manera de contrarrestar la concepción de una forma
necesaria o ideal del lenguaje. Tanto en el Cuaderno
Azul como en el Cuaderno Marrón
Wittgenstein insiste en que el aprendizaje de un juego de lenguaje y el entrenamiento en los juegos de lenguaje es algo anterior a la comprensión y explicación
del lenguaje: “La comprensión se consigue a través de la explicación; pero
también mediante el entrenamiento”[66].
Este aspecto relacionado con el aprendizaje de los juegos de lenguaje será
desarrollado en extenso en las Investigaciones,
pero ya en el Cuaderno Marrón
Wittgenstein considera los juegos de lenguaje como sistemas de comunicación, lo
que introduce una relación entre entendimiento y lenguaje que pone en evidencia
que hay diferentes formas de comprensión así como hay diferentes juegos de lenguaje[67].
En contraste con el Cuaderno Azul, en el Cuaderno Marrón Wittgenstein insiste en
considerar cada juego de lenguaje como un sistema de comunicación completo en
sí mismo y no como partes de algún sistema general del lenguaje[68].
En esta etapa de transición el estudio de los juegos de lenguaje no es
utilizado directamente en la discusión de problemas filosóficos específicos,
pero tanto el Cuaderno Azul como el Cuaderno Marrón ponen de presente una
nueva manera de analizar diversos aspectos del lenguaje que requieren
esclarecimiento a fin de poder plantear adecuadamente los problemas
filosóficos.
La filosofía como una
actividad de dilucidadora y el método de investigación basado en la noción de juegos de lenguaje aparece en el Cuaderno Azul como una nueva vía para
corregir nuestra ansia de generalidad. Esta ansia de generalidad está ligada,
según Wittgenstein, a algunas confusiones filosóficas como: a) la tendencia a
pensar que hay algo común a todas las entidades a las que aplicamos un término
general; b) la tendencia a pensar que comprender un término general es estar en
posesión de una imagen general correlacionada con la palabra; c) la confusión
entre un estado mental como un hipotético mecanismo mental y un estado mental
en el sentido de estado de conciencia; y, d) la tentación irresistible a
plantear y contestar las preguntas filosóficas del mismo modo que lo hace la
ciencia[69].
El estudio de los juegos del lenguaje nos permite corregir estas tendencias y
evitar la confusión que produce nuestra concepción del lenguaje. Es la actitud
equivocada frente al lenguaje concebido como un sistema lógico o cálculo basado
en reglas exactas lo que nos conduce a la perplejidad y la confusión. La noción
de juegos de lenguaje nos permite diferenciar con claridad entre aprender un juego de lenguaje y aprender una
notación, entre un lenguaje conforme a reglas estrictas y seguir una regla en
un juego de lenguaje. En esta nueva
concepción que se abre paso en los Cuadernos
Azul y Marrón no hablamos ya del pensamiento como una “actividad mental”
sino que “pensar es esencialmente la actividad de operar con signos”[70]
y la vida del signo es su uso: “el signo obtiene su significado del sistema de
signos, del lenguaje al que pertenece”[71]. Que los problemas filosóficos se
originan por una mala comprensión del funcionamiento del lenguaje, constituye
una perspectiva que se conserva desde el Tractatus
hasta las Investigaciones. Este es un
punto de vista que permanece continuo durante toda la vida de Wittgenstein. La
diferencia radica en, por una parte, la concepción del lenguaje y, por otra,
los tipos de errores que se le atribuyen al filósofo.
Miremos primero la
concepción del lenguaje que aparece en el Tractatus,
luego vamos a considerar la nueva concepción del lenguaje que se abre camino en
el Wittgenstein de transición hacia la madurez. El primer Wittgenstein se había
propuesto una investigación analítica abstracta acerca de las condiciones de
posibilidad del lenguaje. No de un lenguaje hablado en un momento y lugar
determinados o de un lenguaje formal concreto, sino de cualquier lenguaje
posible. La idea fundamental es que la esencia de cualquier lenguaje es su capacidad
representacional, esto es, el uso de ciertos signos construidos de un modo
reglado con el propósito de referirse a objetos y estados de cosas distintos de
ellos. La investigación de Wittgenstein llevaba a la conclusión que tal
capacidad es posible en la medida en que el lenguaje y el mundo sean
lógicamente isomorfos, esto es, consten ambos de elementos con las mismas
posibilidades de combinación entre ellos. Asimismo, el Tractatus había establecido que cualquier proposición posible, esto
es, cualquier proposición expresable en cualquier lenguaje posible, es una
función de verdad de proposiciones elementales, cuyos constituyentes se
correlacionan directamente, mediante actos de ostensión interna, con los
constituyentes fundamentales del mundo.
En contraste con esta
concepción, la característica principal de la época tardía de Wittgenstein es
el rechazo radical a este punto de vista sobre el lenguaje y su relación con el
mundo, incluso el segundo Wittgenstein no acepta la tesis acerca de una esencia
del lenguaje o una esencia del mundo. Este rechazo va de la mano del rechazo al
modo apriorístico mediante el que se había llegado a tales tesis en el Tratactus, infiriéndolas como la única
explicación de la posibilidad de la lógica y de la capacidad representacional
del lenguaje. Todos los casos particulares abordados en el Tractatus pretenden ser una ilustración de esta perspectiva. Ya en
la época de transición, cuando Wittgenstein empieza a revisar algunas de las
tesis del Tractatus, advierte que los
errores provienen en parte de no haber tenido en cuenta ciertos usos del
lenguaje. Wittgenstein procede entonces a analizar los casos particulares no como
base para ilustrar un modelo ideal a
priori de lenguaje posible sino más bien para evidenciar la multiplicidad
de reglas y criterios de uso. Este procedimiento permitirá reafirmar el
diagnóstico inicial que terminará por consolidarse en sus últimas obras. Una
investigación filosófica acerca de la naturaleza del lenguaje, nos plantea el
Wittgenstein de la época tardía, debe desarrollarse teniendo a la vista la
enorme variedad de situaciones en las que los seres humanos lo usamos. La falta
de visión global o sinóptica (Übersicht) acerca de esta variedad de usos lleva
fácilmente a concepciones erróneas acerca del lenguaje. Wittgenstein nos dirá
“¡no pienses, mira!”, he ahí el eslogan que sintetiza este cambio de enfoque[72].
Ahora bien, ya hemos
expuesto la nueva concepción del lenguaje y el procedimiento que comienza a
implementar Wittgenstein en su periodo de transición y que marcará el enfoque
de sus últimas investigaciones filosóficas. Consideremos ahora dos errores a los
que nos conduce la visión sinóptica acerca del lenguaje propuesta en el Tractatus. El primero de ellos es lo que
Wittgenstein llama la “concepción agustiniana del lenguaje”. El segundo, que
abordare posteriormente, concierne a la tesis según la cual las palabras
expresan conceptos que tienen condiciones necesarias y suficientes de
aplicación.
3. La noción de Juegos lenguaje como terapia correctiva
Wittgenstein inicia
el Cuaderno Marrón abordando el
análisis de cómo Agustín de Hipona expone un particular modo de explicar dónde
reside la capacidad representacional del lenguaje y cómo lo aprende un niño.
Este será también más adelante el punto de partida de las Investigaciones. La idea es que el significado de las palabras son
los objetos por los cuales están y que aprender un lenguaje consiste en
correlacionar cada palabra con el objeto por el que está y que constituye su
significado. Esta teoría de Agustín se ajusta sólo a ciertos empleos muy
simples del lenguaje, como el que se describe en el Cuaderno Marrón y luego en las Investigaciones
en el que un albañil le indica a un aprendiz qué materiales de construcción
precisa a cada momento. La idea de Wittgenstein es que el modo en que se
emplean palabras como “cinco” o “azul” en el Cuaderno Marrón o “rojo” y “cinco” en el párrafo 1 de la Investigaciones, desmienten la teoría agustiniana:
“Agustín describe, podríamos decir, un modo de comunicación, sólo que no todo
lo que llamamos lenguaje es este sistema”[73],
y en el Cuaderno Marrón nos dice que
a sistemas de comunicación tales como estos los llamará "juegos de
lenguaje”, y aclara que “a los niños se
les enseña su lengua nativa por medio de tales juegos”; “Sin embargo, no
estamos contemplando los juegos de lenguaje que describimos como partes
incompletas de un lenguaje, sino como lenguajes completos en sí mismos, como
sistemas completos de comunicación humana”[74].
Podríamos
preguntarnos: ¿qué objeto está correlacionado con la palabra ‘cinco’? Esta
pregunta, según Wittgenstein, es el tipo de pregunta que se hace quien da por
supuesta una teoría como la de Agustín, y genera todo tipo de especulaciones
filosóficas erróneas. Son erróneas porque parten de un punto de vista sobre el
significado de la palabra ‘cinco’ que no se compadece con el modo como de hecho
se usa esta palabra. Nos parece que debe haber algo correlacionado con la
palabra ‘cinco’ del mismo modo que hay algo correlacionado con la palabra “Loseta”
o “Ladrillo”. Un nombre propio como “Buenos Aires” tiene un significado
preciso, pero en el Cuaderno Marrón
Wittgenstein nos dice que “Se ha sugerido que palabras tales como
"allí", "aquí", "ahora", "esto" son los
'nombres propios reales' por oposición a lo que llamamos nombres propios en la
vida ordinaria y que, en la opinión a que me estoy refiriendo, sólo pueden
llamarse así toscamente”[75].
El mejor modo de evitar este tipo de especulaciones filosóficas acerca de qué
objetos misteriosos pueden ser los números consiste en ser consciente del modo
tan distinto en que se emplean la palabra ‘cinco’ y la palabra ‘ladrillo’. El
error que comete el agustiniano es formular una teoría general del significado
tomando como modelo los sustantivos y nombres propios, p.ej., ‘Buenos Aires’.
Esta generalización es equívoca, porque pasa por alto los diferentes empleos de
las palabras en el lenguaje. En el Cuaderno
Azul dice: “Nos hallamos frente a una de las grandes fuentes de confusión
filosófica: un sustantivo nos hace buscar una cosa que le corresponda”[76].
Otro error sobre el
lenguaje que produce malentendidos es la idea de que podemos dar descripciones
generales de las cosas a las que se aplican las palabras y decir que una
palabra se aplica a algo si y sólo si el algo en cuestión responde a la
descripción general. En términos más precisos, la tesis es que las palabras
expresan conceptos con condiciones necesarias y suficientes de aplicación. Algo
cae bajo la extensión del concepto (es decir, es algo a lo que se aplica el
concepto) si satisface esas condiciones necesarias y suficientes. Podríamos
pensar en las definiciones del diccionario como proporcionándonos una descripción
de esas condiciones necesarias y suficientes. Una vez más, una mayor atención a
la variedad de usos de las palabras, señala Wittgenstein, nos hace comprender
hasta qué punto esta concepción es totalmente equivocada. En las Investigaciones[77]
Wittgenstein nos propone que tomemos en consideración la enorme variedad de
actividades a las que se aplica la palabra ‘juego’ y nos reta a formular
condiciones necesarias y suficientes que satisfagan todas esas actividades. No
todos los juegos son colectivos, no todos son entretenidos, no todos involucran
un ganar y perder. Si lo pensamos bien, sugiere Wittgenstein, no hay nada común
a todas las actividades que llamamos ‘juego’. Esta conclusión puede parecernos
una vez más sorprendente, pero en realidad es de lo más fácil de obtener, no
hay más que prestar un poco de atención a cómo usamos la palabra ‘juego’, y
esto es algo por cierto no oculto, sino que está ante nosotros: “No digas: ‘tiene
que haber algo común a ellos o no los llamaríamos ‘juegos’- sino mira si hay
algo común a todos ellos (...) como se ha dicho: ¡no pienses, sino mira!’”[78].
Esta perspectiva está ya prefigurada en el Cuaderno
Marrón cuando Wittgenstein analiza colores o sensaciones y otros casos: “Nosotros
decimos que experimentamos tensión y relajación, alivio, esfuerzo y descanso en
casos tan diferentes como éstos: Una persona sostiene un peso con el brazo
extendido; su brazo y todo su cuerpo está en un estado de tensión. Le
permitimos bajar el peso; la tensión se relaja. Una persona corre, luego,
descansa. El piensa profundamente en la solución de un problema de Euclides,
luego la encuentra y se relaja. Intenta recordar un nombre y se relaja al
encontrarlo. Qué sucedería si preguntásemos: "¿Qué tienen en común todos
estos casos, que nos hace decir que son casos de esfuerzo y relajación?".
Y continúa: “¿Qué es lo que nos hace usar la expresión "buscar en la
memoria" cuando intentamos recordar una palabra? Hagamos la pregunta:
"¿Cuál es la semejanza entre buscar una palabra en la memoria y buscar a
mi amigo en el parque?" ¿Cuál sería la respuesta a tal pregunta?”[79].
Esto no implica que
las palabras “juego”, “buscar”, “esfuerzo”, etc., se apliquen de un modo
arbitrario. Todo lo contrario, el uso de la palabra “juego”, como el de
cualquier palabra significativa del lenguaje, está reglado. No hay nada común a
todos los juegos, al buscar, al esfuerzo, la relajación, pero desde luego hay
semejanzas aquí y allá. Así, puede perfectamente ocurrir que no haya ningún
rasgo físico o de carácter que compartan todos los miembros de una familia,
pero desde luego habrá semejanzas aquí y allá entre ellos, es decir, unos
compartirán ciertos rasgos con otros, y aún otros distintos con un tercer
grupo, etc.
A partir de la etapa
de transición Wittgenstein muestra que la investigación filosófica correcta
acerca del lenguaje debe hacerse teniendo a la vista la variedad de modos en
los que éste se emplea. A esta variedad de modos es a lo que Wittgenstein llama
‘juegos de lenguaje’. Los juegos de
lenguaje no son más que situaciones (o, alternativamente, descripciones de
situaciones) de empleo efectivo del lenguaje o de un fragmento del mismo. En
los juegos de lenguaje se pone de
manifiesto no sólo cómo se emplean las palabras, sino también cómo se conectan
estos empleos con actividades humanas no lingüísticas. La denominación ‘juego
de lenguaje’ no es arbitraria, pretende poner de relieve semejanzas importantes
entre los juegos y el lenguaje.
Así, en primer lugar,
entre el conjunto de actividades a las que llamamos ‘lenguaje’ existen sólo
parecidos de familia; en segundo lugar, las palabras se aplican a actividades,
hay una articulación fundamental entre el lenguaje y la acción, y, finalmente,
el lenguaje, como los juegos, es una actividad reglada, es decir, una actividad
guiada por reglas. Mientras en el Tractatus
Wittgenstein nos dice que los problemas surgen al querer decir lo que sólo
puede ser mostrado, al querer usar el lenguaje para traspasar, absurdamente,
sus propios límites, en las Investigaciones
diagnostica el error filosófico como el empeño en atribuir a una expresión un
significado que no se corresponde con su uso en el lenguaje. El juego de lenguaje que constituye la
“tierra natal” de una expresión es el conjunto de usos de la misma y las actividades
relacionadas con dichos usos. Es su “tierra natal” en el sentido de que, como
ya se señaló, Wittgenstein piensa que son estos usos y actividades las que le
“dan vida”. Los problemas filosóficos se deshacen, más que resolverse, en la
medida que nos apercibimos cuál es el uso real de la palabra y que el uso
filosófico no se ajusta o responde al mismo. Wittgenstein llamará “gramática de
una expresión” a algo que podríamos caracterizar aproximadamente como la
descripción del juego de lenguaje que constituye la “tierra natal” de una
expresión: “Pero decimos que no comprendemos el significado de tal expresión.
Combina palabras bien conocidas, pero las combina de un modo que no
comprendemos todavía. La gramática de esta expresión tiene que sernos explicada
todavía”[80],
o como dice en otro lugar del Cuaderno
Azul: “La diferencia entre las gramáticas de "razón" y
"causa" es bastante similar a la existente entre las gramáticas de
"motivo" y "causa"”, y un poco más adelante con respecto a
las expresiones que nos llevan a situar el pensamiento “en nuestra mente” o “en
la cabeza”, dice: “no tenemos que engañarnos por la semejanza de su forma
lingüística adquiriendo una concepción falsa de su gramática”[81].
Wittgenstein es
claramente consciente desde los Cuadernos
Azul y Marrón de este nuevo enfoque, en las Investigaciones es aún más explícito: “Nuestro examen es por ello
de índole gramatical. Y éste arroja luz sobre nuestro problema quitando de en
medio malentendidos. Malentendidos que conciernen al uso de las palabras;
provocados, entre otras cosas, por ciertas analogías entre las formas de
expresión en determinados dominios de nuestro lenguaje.— Algunos de ellos
pueden apartarse sustituyendo una forma de expresión por otra; esto puede
llamarse un «análisis» de nuestras formas de expresión”[82].
De acuerdo con esta
nueva terminología la actividad filosófica consiste en delimitar la gramática
de las expresiones del lenguaje, particularmente de aquellas implicadas en los
mayores problemas filosóficos. Y es una actividad terapéutica porque su efecto
es el de disolver tales problemas al mostrar que se originan en una mala
comprensión de la gramática[83].
Toda la crítica al análisis lógico-atomista del Tractatus descansa en la idea que supone que una falta de atención
a la realidad del lenguaje ordinario nos lleva a su falseamiento. Pero
Wittgenstein nota que hay también una falta de imaginación que nos conduce a
ver una ley, una necesidad, en el modo como, de hecho, usamos ciertas palabras[84].
En las Investigaciones esta posición
es igual: “Cuando los filósofos usan una palabra — «conocimiento», «ser»,
«objeto», «yo», «proposición», «nombre»— y tratan de captar la esencia de la
cosa, siempre se ha de preguntar: ¿Se usa efectivamente esta palabra de este
modo en el lenguaje que tiene su tierra natal?— Nosotros reconducimos las
palabras de su empleo metafísico a su empleo cotidiano”[85]
La tesis según la
cual el juego de lenguaje en el que se usa una expresión es la “tierra natal”
de la misma, apunta hacia la tesis fundamental de que el significado de una
expresión es el papel que desempeña en ese juego de lenguaje. Lo que se quiere
decir con esto es que es constitutivo del significado de una expresión el uso
de la misma y la conexión de tal uso con las actividades no lingüísticas que lo
circundan. Este es realmente el rasgo fundamental del periodo de transición de
Wittgenstein y aquel que se ira consolidando cada vez más hasta el final de sus
días, a saber, mostrar que no hay una brecha real entre una palabra y su
aplicación. Las palabras se aplican, en nuestras prácticas efectivas, sin
intermediarios. Un pasaje del Cuaderno
Azul es enfático en esto: "vamos, miramos a nuestro alrededor, nos
acercamos a una flor y la cogemos, sin compararla a nada"[86].
Tenemos entonces la
refutación de las imágenes en cuanto estas no son necesarias para lo que
llamamos “comprensión”. Es decir, es perfectamente posible que la comprensión
de un signo se manifieste sin la comparecencia de ningún tipo de imagen mental
(y esto, por supuesto, no quiere decir que tal comparecencia no ocurra de hecho
a veces). Nótese, además, que en el argumento tal como se formula en Cuaderno Azul, Wittgenstein no sólo está
tratando de evidenciar el carácter meramente sintomático de las imágenes
mentales, sino también el de las imágenes exteriores, como lo es una tablilla
que contenga muestras de color y palabras correspondientes. Es todo el asunto
el que está mal planteado y, por tanto, queda rechazado de plano.
Uno de los motivos
por los que la propuesta de Wittgenstein puede resultarnos extraña es, según el
mismo advierte, que estamos familiarizados con la idea de que nuestra
comprensión del significado de una palabra antecede el uso y lo explica
causalmente. En el Cuaderno Azul
Wittgenstein ofrece una aclaración del origen de esta creencia nuestra tan bien
arraigada. Parte de considerar que los signos lingüísticos carecen de
significado por sí mismos, son inertes, “están muertos”, a menos que los seres
humanos les atribuyamos significado al interpretarlos. Interpretarlos quiere
decir aquí asociarlos con algún tipo de imagen o representación mental. Este
tipo de asociación sería la que les conferiría “vida”, es decir, los haría
signos significativos[87].
Lo que refleja esta manera de ver las cosas es lo que podemos llamar la concepción
mentalista del significado, según la cual los signos lingüísticos adquieren
significado al ser interpretados por los hablantes, mediante una serie de actos
mentales, en los cuales se los asocia con algún tipo de entidad mental que es
posteriormente lo que se hace corresponder con su significado. El significado
de una expresión es así pues algo que está en la “cabeza del hablante” y que de
algún modo éste asocia con esa expresión. Una de las doctrinas más importantes
del último Wittgenstein es que esta concepción acerca del significado es
totalmente equivocada y dicha posición está ya planteada desde los Cuadernos Azul y Marrón: “Para nosotros
el significado de una expresión está caracterizado por el uso que hacemos de
ella. El significado no es un acompañamiento mental de la expresión. Por esta
razón, la frase: "Yo pienso que con ella significo algo", o
"estoy seguro de significar algo con ella", que tan frecuentemente
oímos en las discusiones filosóficas para justificar el uso de una expresión,
no es para nosotros justificación alguna. Nosotros preguntamos: "¿Qué
quiere usted decir?", es decir, "¿Cómo usa usted esta
expresión?"”[88]
4.
Wittgenstein: ¿Pragmática o Pragmaticismo?
Ahora bien, en el
apartado anterior he bosquejado la noción de juegos de lenguaje en el Wittgenstein del periodo de transición, con
especial énfasis en los Cuadernos Azul y
Marrón, su carácter innovador y su rol correctivo, pero podemos ahora preguntarnos
qué semejanzas de familia puede haber entre la noción de juegos de lenguaje y la noción de semiosis, y qué relación puede tener todo esto con el Pragmaticismo de Peirce. Esto es lo que
procederé a mostrar en este apartado a partir de la cuestión acerca de si
Wittgenstein es o no un pragmatista, luego, en el apartado siguiente, voy a
precisar estas semejanzas de familia discutiendo la distinción entre la
concepción universalista del lenguaje y la concepción del lenguaje como cálculo.
Me voy a concentrar ahora en algunos aspectos pertinentes, aunque no me detendré
en los detalles, pero si espero poder delinear con claridad los rasgos más
relevantes del enfoque pragmaticista de Wittgenstein y poder mostrar las
semejanzas de familia que encuentro entre los enfoques sobre el significado, tal
y como aparecen en el periodo de transición de Wittgenstein, y la etapa madura
de Peirce.
Wittgenstein siempre
pensó que el resultado de la filosofía no son “proposiciones filosóficas” sino la
clarificación de las proposiciones, la elucidación. Desde su primera etapa
Wittgenstein concibió la filosofía como una actividad esclarecedora, mediante
la cual las proposiciones llegan a ser claras[89].
Pero esto sólo quiere decir que los problemas filosóficos deben desaparecer
completamente[90]. Todas
las cuestiones que se pueden plantear, también se pueden responder[91].
Y esta claridad que la filosofía pretende
debe ser completa. Una cuestión que no se pueda responder, en rigor no puede ni
siquiera ser planteada y si se formula es una “pregunta ilegítima”, esconde una
confusión lingüística, confusión que debe ser aclarada. En el Cuaderno Azul leemos: “la característica
de una pregunta metafísica es que expresamos una falta de claridad respecto a
la gramática de las palabras bajo la forma de una pregunta científica”[92].
Los “problemas” filosóficos tienen su origen en las confusiones lingüísticas
que se producen cuando el lenguaje es desviado de su uso común, cuando “marcha
en el vacío”[93] y
deviene metafísico, adquiriendo un engañoso carácter de profundidad, “pareciera
que hay algo oculto”[94].
Para Wittgenstein “la filosofía es una lucha contra la fascinación que ejercen
sobre nosotros las formas de expresión”[95],
en últimas, “la filosofía es una lucha contra el embrujo de nuestro
entendimiento por medio de nuestro lenguaje”[96].
Peirce coincide en
varios de estos puntos con Wittgenstein, para él la filosofía se encuentra en
la minoría de edad debido a la falta de claridad, las confusiones y
perplejidades derivadas del uso inapropiado de los signos fuera de los
contextos naturales de utilización o porque no respetamos una “ética de la terminología”[97]
que nos permita precisar los contornos de uso de los términos y
expresiones: “La auténtica primera lección que tenemos derecho a pedir que nos
enseñe la lógica es la de cómo esclarecer nuestras ideas. Es una de las más
importantes, sólo despreciada por aquellas mentes que más la necesitan. Saber
lo que pensamos, dominar nuestra propia significación, es lo que constituye el
fundamento sólido de todo pensamiento grande e importante”[98].
En una redacción
anterior del prólogo impreso de las Investigaciones,
Wittgenstein dice: “La claridad, la transparencia es un fin en sí. No me
interesa levantar una construcción sino tener ante mí, transparentes, las bases
de las construcciones posibles”[99].
Incluso Wittgenstein señala que la reflexión misma es una parte del juego del lenguaje: “Y el concepto, por
lo mismo, está en el Juego de lenguaje
como en su casa”[100].
La diferencia de conceptos pone de presente formaciones distintas, una
educación diferente[101].
O como también señala: “Conceptos con límites fijos exigirían una uniformidad
de conducta. Pero allí donde yo estoy seguro el otro vacila. Y esto es un hecho
natural”[102].
Y seguidamente: “Éstos son los rieles fijos por los que transitan todos
nuestros pensamientos y, en consecuencia, conforme a los cuales se desenvuelven
nuestros juicios y acciones”[103].
Sin embargo, no es la
búsqueda de claridad lo que ha hecho que Peirce y Wittgenstein sean
considerados como pragmáticos sino el énfasis que hacen sobre la acción. Por un
lado, este énfasis no es suficiente para considerarlos pragmáticos o
pragmaticistas y, por otro, tanto Peirce como Wittgenstein rechazaron que se
les considerara representantes del pragmatismo.
El Pragmaticismo de
Peirce constituye una versión claramente diferenciable del pragmatismo temprano
o clásico. El debate entre W. James y CH. S. Peirce sobre el origen y autoría
del pragmatismo, pone de presente que, por una parte, Peirce consideraba al
pragmatismo de James como una alteración de su concepción pragmática, y, por la
otra, que Peirce tomó distancia crítica con respecto a las primeras
formulaciones de la máxima pragmática propuestas en sus clásicos textos la “Fijación
de la creencia” y “Como esclarecer nuestras ideas”. Tanto en las conferencias
de 1903 como en los artículos de 1905, Peirce quiere clarificar su propia
versión del pragmatismo con el propósito de salvaguardarla de las interpretaciones
equívocas. Este trabajo aclaratorio implica tanto una crítica a James como a su
propia presentación de la máxima pragmática y el significado del pragmatismo: “En
el número de abril de la revista The Monist
propuse que la palabra "pragmatismo" debía usarse en adelante con
relativa libertad para significar afiliaciones con Schiller, James, Dewey,
Royce, y con el resto, mientras que la doctrina particular para la que inventé
la palabra, y que responde a su clase de pragmatismo, podría ser llamada
"pragmaticismo"[104].
El nombre de
Pragmaticismo propuesto por Peirce pretende refundar su concepción pragmática a
partir de una reinterpretación de sus artículos de 1877 y 1878, una vez que la
versión ofrecida por James le convenciera de la necesidad de precisar su máxima
pragmática y de mantener la distancia frente al relativismo, al subjetivismo y
al individualismo: “En 1896, William James publicó su obra Will to Believe y,
más tarde, Philosophical Conceptions and Practical Results, que llevaron este
método a tales extremos, que por fuerza ha de darnos que pensar. La doctrina
parece suponer que el fin del hombre es la acción (…) si se admite, por el
contrario, que la acción necesita un fin, y que ese fin debe ser algo así como
una descripción general, entonces el espíritu de la propia máxima, según el
cual hemos de atender al desenlace definitivo de nuestros conceptos para
aprehenderlos correctamente, nos encaminaría hacia algo diferente de los hechos
prácticos, a saber, hacia ideas generales, como los verdaderos intérpretes de nuestro pensamiento”[105].
Para Peirce, el Pragmaticismo no es un sistema
filosófico, es solo un método de pensamiento y de análisis lógico de los
conceptos generales[106],
significados intelectuales o cualquier otro signo[107];
se ocupa de fijar su propósito intencional[108]
mediante el esclarecimiento de su uso[109] en
el marco de un estudio más amplio de los procesos de razonamiento desde la
perspectiva del trívium filosófico: gramática especulativa, lógica y retórica
especulativa[110].
El estudio semiótico de Peirce no se restringe al campo de la lógica formal,
las matemáticas y el razonamiento deductivo, sino que abarca todo el ámbito de
la investigación científica, los diferentes métodos de fijación de creencias y
la crítica o evaluación de los sistemas de representación mediante los cuales
tratamos de comprender el mundo y mostrar lo que hay de inteligible en él.
Por su parte, Wittgenstein[111]
rechaza el pragmatismo, pues éste no es más que otra concepción general del
mundo, algo contrario a su proyecto filosófico e imbuido de confusiones y
malabarismos metafísicos. En las Últimas
conversaciones[112],
Wittgenstein ataca a Dewey de forma más que radical ¿Cuáles son las razones de
Wittgenstein para despreciar el pragmatismo? El profesor Nubiola[113]
ha tratado de ofrecer una explicación acerca de las razones por las cuales Wittgenstein
no se consideró un pragmatista y en su acostumbrada exegesis historiográfica y
bibliográfica ha mostrado que Wittgenstein leyó a James, que lo cita en varios
de sus trabajos y con lujo de detalles, y que hasta el final de su vida las Variedades de la Experiencia Religiosa[114]
fue su libro de cabecera[115].
E incluso podemos constatar que en su periodo de transición Wittgenstein
continuaba leyendo a James, ya que lo cita en el Cuaderno Marrón[116]
a propósito de los sentimientos específicos que acompañan el uso de palabras
tales como "y", "si", y "o", y unas páginas más
adelante Wittgenstein se hace eco de la conocida afirmación de James de que las
personas no lloran porque estén tristes, sino que más bien están tristes porque
lloran[117].
Nubiola (1996) argumenta
que Wittgenstein no se consideró a si mismo pragmatista porque en primer lugar experimentó un firme rechazo a
toda escuela o saber confinado a los límites de las tradiciones y lealtades
institucionales, nunca le agradaron las corrientes de moda o las categorías
filosóficas tradicionales, sobre todo debido a su originalidad y al carácter de
su pensamiento genuinamente creativo y crítico. En segundo lugar estaría el desprestigio del
término "pragmatismo" en Inglaterra, sobre todo a partir de las críticas
de Russel (1908) y Moore (1922), de donde en principio le llegaron las
referencias negativas sobre el pragmatismo. En tercer lugar está la aversión a
Schiller y su humanismo pragmático y relativista que incluso James no acepto.
Finalmente, en cuarto lugar, estaría el cientificismo y el psicologismo de la
tradición americana, en particular en lo concerniente a la división tajante entre
filosofía y psicología, así como el subjetivismo psicologista de James que Wittgenstein
nunca compartió[118].
Quintana Paz[119],
por su parte, considera que Wittgenstein “desprecia el pragmatismo (y a los
pragmatistas) porque (erradamente) identifica el pragmatismo con lo que se ha
venido denominando «pragmatismo estereotipado»”[120].
Es decir, atribuye (erradamente) a la filosofía pragmatista la idea según la
cual su utilidad es para fines ya predefinidos, lo que justificará el que, a la
postre, consideremos como correcto o incorrecto un razonamiento, como verdadero
o falso un enunciado. En efecto, en sus Observaciones
sobre Filosofía de la Psicología Wittgenstein se cuestiona y se responde: “Pero
¿No eres un pragmatista? No, porque no estoy diciendo que una proposición es
verdadera con tal que sea útil. La utilidad, esto es, el uso, da a una
proposición su sentido especial, el juego del lenguaje es lo que se lo da”[121].
Wittgenstein no se consideró a sí mismo un pragmatista
y sin duda no lo fue, rechazó el pragmatismo de James y lo criticó con
vehemencia al igual que Peirce. En eso también coincidieron. Sin embargo, podemos
preguntarnos si acaso Wittgenstein fue un pragmaticista, ¿Lo fue? En las Variedades de la experiencia religiosa[122]
de James, aparece una larga cita de un artículo clásico de Peirce titulado “Cómo
Esclarecer Nuestras Ideas”, por su importancia y porque hay una gran
probabilidad que Wittgenstein lo haya leído, lo transcribo completo:
“Otro engaño de
este tipo es el confundir una mera diferencia en la construcción gramatical de
dos palabras por una distinción entre las ideas que expresan. Este error es muy
común en esta pedante época en la que la turba general de escritores presta
tanta más atención a las palabras que a las cosas. Cuando hace un momento dije
que el pensamiento es una acción, y que consiste en una relación, si bien una
persona ejecuta una acción pero no una relación, que sólo puede ser el
resultado de una acción, con todo no había en lo dicho inconsistencia alguna,
sino sólo una vaguedad gramatical. Nos libraremos enteramente de todos estos
sofismas en la medida en que reflexionemos en que toda la función del
pensamiento es la de producir hábitos de acción; y en que todo lo que está
conectado con un pensamiento, pero que es irrelevante a su propósito, es una
acrecencia pero no una parte del mismo. Si hay entre nuestras sensaciones una
unidad que no contiene referencia alguna a cómo actuaremos en una ocasión dada,
tal como cuando escuchamos una pieza de música, ¿por qué no llamamos a esto
pensar? Para desarrollar su significación tenemos simplemente que determinar,
por tanto, qué hábitos involucra. Ahora bien, la identidad de un hábito depende
de cómo puede llevarnos a actuar, no meramente bajo las circunstancias que
probablemente se darán, sino bajo las que posiblemente puedan darse con
independencia de lo improbables que puedan ser. Lo que el hábito es depende de
cuándo y cómo nos mueve a actuar. Por lo que respecta al cuándo, todo estímulo
a la acción se deriva de la percepción; por lo que respecta al cómo, todo
propósito de la acción es el de producir un cierto resultado sensible.
Llegamos, así, a lo tangible y concebiblemente práctico como raíz de toda
distinción real del pensamiento, con independencia de lo sutil que pueda ser; y
no hay ninguna distinción de significación tan afinada que no consista en otra
cosa que en una posible diferencia en la práctica”[123].
En ese mismo artículo de 1878, Peirce inicia
criticando la tradición cartesiana y racionalista de Descartes y Leibniz:
“Cualquiera que
haya hojeado un moderno tratado común de lógica recordará, sin duda, la doble
distinción entre concepciones claras y oscuras, y entre distintas y confusas.
Durante cerca de dos siglos ha reposado en los libros, sin modificación ni
perfeccionamiento alguno, y ha sido considerada, en general, por los lógicos
como una de las perlas de sus doctrinas. Aquel tan admirado "ornamento de la lógica"
-la doctrina de la claridad y la distintividad- puede ser algo bastante bonito,
pero ya es hora de relegar esta antigua bijou a nuestra vitrina de objetos
curiosos, y de revestirnos de algo más apto a los usos modernos”[124].
Y continúa:
“La auténtica
primera lección que tenemos derecho a pedir que nos enseñe la lógica es la de
cómo esclarecer nuestras ideas. Es una de las más importantes, sólo despreciada
por aquellas mentes que más la necesitan. Saber lo que pensamos, dominar
nuestra propia significación, es lo que constituye el fundamento sólido de todo
pensamiento grande e importante”[125].
Ya en su artículo de 1868 “La Fijación de la Creencia”
afirmaba:
“Es que la palabra
o signo que utiliza el hombre es el hombre mismo. Pues lo que prueba que un
hombre es un signo es el hecho de que todo pensamiento es un signo, en
conjunción con el hecho de que la vida es un flujo de pensamiento; de manera
que el que todo pensamiento es un signo externo, prueba que el hombre es un
signo externo. Lo que es tanto como decir que el hombre y el signo externo son
idénticos. Así mi lenguaje es la suma total de mí mismo, pues el hombre es el
pensamiento”[126].
Y en la Ética de su terminología de 1903 señala:
“Para que el uso
de términos, notaciones, etc., pueda entenderse, explico las razones que me
obligan a pensar de este modo y supongo que tendrían el mismo peso para otros.
Aquellas
razones abarcarían, en primer lugar, la consideración de que los símbolos
forman la trama y el tejido de todo pensamiento y de toda investigación, y que
la vida del pensamiento y de la ciencia es la vida inherente a los símbolos; de
tal forma que es incorrecto decir meramente que un buen lenguaje es importante
para un buen pensamiento, porque es de su fundamento. Después vendría la
consideración acerca del creciente valor de la precisión del pensamiento a
medida que éste avanza. En tercer lugar, el progreso de la ciencia no puede
llegar muy lejos sin colaboración, o para decirlo más precisamente, ninguna
mente humana puede dar un paso adelante sin la ayuda de otros seres humanos. En
cuarto lugar, la salud de esta comunión científica o filosófica requiere la más
absoluta libertad mental. Pero tanto el mundo de la ciencia como el de la
filosofía, están plagados de pedantes, eruditos y pedagogos que continuamente
intentan establecer algo así como una magistratura sobre los pensamientos y
otros símbolos”[127].
Pero como aclara en la carta al Sr. Calderoni de 1905:
“Un concepto
determinado en todos sus aspectos es tan ficticio como un concepto definido en
todos sus aspectos. No creo que se pueda tener jamás el derecho lógico de
inferir, ni siquiera como mera probabilidad, la existencia de cualquier cosa
que sea completamente contraria en su naturaleza a todo aquello que podamos
experimentar o imaginar”[128].
La filosofía pragmaticista de Charles Sanders Peirce
ha permanecido injustamente ignorada hasta nuestros días. Opacada por la fama
del pragmatismo inventado por William James, la propia concepción pragmática de
Peirce permaneció desconocida, incluso por parte de los mismos pragmatistas o,
lo que es mucho peor, fue mal interpretada. Peirce no fue un pragmatista y llamó
a su propia concepción pragmática “Pragmaticismo”, a fin de distanciarse de
otras interpretaciones del pragmatismo que estaban de moda en Europa y Norteamérica.
El Pragmaticismo propuesto por Peirce no pretendía ser una “Weltanschauung”, ni
se proponía iniciar un movimiento filosófico. El Pragmaticismo de Peirce surgió
como un método general para la clarificación de ideas, esto es, un criterio de análisis
del significado útil para la investigación filosófica.
Fue William James quien popularizó el uso del término
“pragmatismo”, lo introdujo en el ambiente académico y lo convirtió en
movimiento filosófico. El pragmatismo se hizo famoso en el mundo entero gracias
a James, aunque este reconoció que Peirce había sido su creador. Los orígenes del
pragmatismo clásico tienen su punto de partida en los trabajos de William James
de 1896 y 1898, los cuales situaron a Peirce en el contexto intelectual
americano y europeo como fundador de una nueva filosofía o “visión del mundo” (Weltanschauung)
denominada “Pragmatismo”. Aún después de aceptar su paternidad sobre el
término, la discusión sobre el origen del pragmatismo continuó y Peirce intentó
desarrollar una perspectiva diferente a la de James porque desde el primer
momento estuvo en desacuerdo con su versión del pragmatismo.
La evolución de la concepción filosófica sobre el
razonamiento en el último periodo o etapa del pensamiento de Peirce después de
1890, se desarrolla a partir de la discusión sobre los límites y alcances de la
máxima pragmática. Su empresa filosófica se concentró desde entonces en
diferentes esfuerzos por replantear el pragmatismo que James había
popularizado, pero que él no aceptaba[129]. El Pragmaticismo de Peirce constituye así una versión
claramente diferenciable del pragmatismo clásico o estereotipado. El nombre de
Pragmaticismo propuesto por Peirce en 1905 pretende refundar su concepción
pragmática a partir de una reinterpretación de su máxima pragmática[130].
El pragmatismo como principio metodológico de análisis
del significado no se restringe al campo de la lógica formal, las matemáticas y
el razonamiento deductivo, y no es una “Weltanschauung” sino una herramienta
metodológica para la investigación sobre ciertos asuntos filosóficos o
científicos. Su fundamento es una concepción del significado y un criterio
lógico o máxima para evaluar la relación entre lenguaje, mundo y acción que él
llamó Pragmaticismo. Este enfoque de Peirce, en tanto se concentra en un
determinado ámbito de los procesos de semiosis, a saber, los signos generales o
conceptos intelectuales, es más restringido que la semiótica o teoría general
de los signos y se aplica sólo a una parte del universo de la representación.
Además de las diferentes versiones de la máxima pragmática y sus diversas
reinterpretaciones, el Pragmaticismo o concepción pragmática de Peirce quedó caracterizado
mediante una analogía en la VII Conferencia de Harvard del 14 de mayo de 1903,
cuando dice: “los elementos de todo concepto entran en el pensamiento lógico
por la puerta de la percepción y salen por la puerta de la acción animada por
un propósito; y todo lo que no pueda mostrar su pasaporte en esas dos puertas
debe ser detenido como no autorizado”[131].
La filosofía de transición de Wittgenstein hacia su madurez
bien podría ser identificada como Pragmaticista aunque ni él ni Peirce puedan
ser considerados como representantes del Pragmatismo clásico propuesto por
James, Dewey o Schiller, ni mucho menos puedan ser ubicados entre la corriente
llamada “Pragmática Lingüística” practicada por Marcelo Dascal, John Austin,
Paul Grice, John Searle, entre otros[132].
En lo que Peirce y Wittgenstein definitivamente coinciden es en concebir el
análisis del lenguaje en general, y no sólo los lenguajes formales de la
lógica, como la vía de acceso privilegiada para esclarecer los problemas
filosóficos, en ofrecer descripciones de los procesos de significación mediante
una nueva serie de conceptos nuevos (semiosis, juegos de lenguaje,
interpretante, semejanza de familia, representamen, formas de vida, habito,
seguir una regla, criterio, máxima pragmática, etc.) y en enfatizar sobre el
uso de los signos, y las acciones con las cuales estos se articulan, como la
clave para la comprensión y el entendimiento humano.
5. Wittgenstein, Peirce y la dicotomía de Hintikka
La teoría del significado que se basa en el análisis del uso de los signos constituye el punto de encuentro
entre Peirce y Wittgenstein. Mientras Peirce intentó aclarar el concepto de
significado mediante la noción de semiosis, Wittgenstein acuñó la noción de
juegos de lenguaje a fin de esclarecer el concepto de significado y criticar la
teoría agustiniana del lenguaje. Peirce y Wittgenstein comparten una concepción
pragmática del significado en tanto que ambos sostienen una relación intrínseca
entre significación y acción.
Hintikka está de acuerdo en que Peirce y Wittgenstein
tienen una concepción semejante de significado, pero considera que ambos
autores se ubican en dos concepciones completamente diferentes acerca del
lenguaje: “A semejanza de Peirce, Wittgenstein creyó que el uso
del lenguaje constituye su significado. Y a semejanza de Peirce, Wittgenstein
no se refiere mediante “uso” a un mero “uso” verbal, esto es, a un “juego”
cuyas jugadas son actos lingüísticos. Ambos enfatizan el uso de manera
pragmática en el sentido de la utilización del lenguaje. (Habla a favor de
esto, por ejemplo, la manera en la que Wittgenstein compara el lenguaje con una
caja de herramientas). Pero aquí terminan las semejanzas. Como universalista y
en completo contraste con Peirce, Wittgenstein no podía decir de manera oficial
nada acerca de los juegos de lenguaje en general o incluso desarrollar una
teoría real de algún tipo particular de juego de lenguaje”[133].
El esquema interpretativo propuesto por Jaakko
Hintikka establece una dicotomía entre dos tipos de teorías del lenguaje, a
saber, el lenguaje como medio universal y el lenguaje como cálculo[134].
El primero toma la lógica como un lenguaje universal y el segundo concibe la
lógica como un cálculo en el sentido de ser reinterpretable en una larga escala
como un cálculo. Esta distinción es una generalización de un contraste entre
dos modos de concebir la lógica sugerida antes por Jean van Heijenoort[135].
La tradición universalista es representada entre otros por Frege, Russell, y el
Wittgenstein del Tractatus; mientras
que en la tradición del cálculo estarían Boole, Schroeder y Peirce, entre otros[136].
En diferentes textos (1988, 1990, 1997, 1998) también como en su libro Investigating Wittgenstein[137],
Hintikka ha generalizado la distinción de Heijenoort a fin de conceptualizar la
oposición fundamental entre estos dos modos de considerar el lenguaje[138].
En la concepción universalista del lenguaje no se puede mirar el lenguaje desde
fuera y describirlo, la razón para esto es la imposibilidad de usar el lenguaje
para hablar acerca de alguna cosa a menos que se tenga una interpretación
definitiva dada o se pueda establecer un vínculo dado del significado de las
relaciones entre lenguaje y mundo[139].
Así, no se puede significativamente decir en un lenguaje lo que esas relaciones
significan sin al mismo tiempo presuponerlas[140].
Esta concepción naturalmente conduce a la tesis de la “inefabilidad de la
semántica”, la cual exige que la relación entre lenguaje y mundo no pueda ser
expresada[141].
De acuerdo a la concepción opuesta del lenguaje como
cálculo, nosotros no estamos atrapados en nuestro lenguaje del modo
universalista; la idea del lenguaje como cálculo propone concebir el lenguaje
como una herramienta, como una cosa que puede ser manipulada y reinterpretada,
mejorada, cambiada y reemplazada, tanto en general como a gran escala. De
acuerdo a este punto de vista la semántica no es inefable, nosotros podemos
distinguirnos a nosotros mismos desde el lenguaje y discutir en el lenguaje las
relaciones semánticas con el mundo[142].
Lo que hace de esta distinción una dicotomía
interesante, conduce al mismo tiempo a crear una interpretación generalizadora
cuyo poder explicativo simplifica y deja de lado los matices. Peirce y
Wittgenstein no entran en esta dicotomía y sus respectivas concepciones del
significado resultan deformadas a la luz de una distinción valiosa, pero
restrictiva y arbitraria, que conduce a
dos tipos ideales de concepciones del lenguaje en filosofía[143].
La teoría del lenguaje según la cual la proposición es
un retrato de la realidad fue defendida por Wittgenstein en el Tractatus, allí él pretendió establecer
una línea clara de demarcación entre lo decible y lo indecible. Esto le condujo
desde los trabajos de Frege y Russell hasta una teoría del significado
sistemática que buscaba revelar la forma lógica de cualquier lenguaje posible.
Hintikka sostiene que el Wittgenstein del Tractatus
elabora una teoría de la verdad semejante a la de Tarsky y que la concepción de
la lógica como lenguaje caracteriza la posición de Wittgenstein en el Tractatus, ya que allí se muestra la
problemática presente en toda consideración metasistemática que se pueda hacer
desde el exterior acerca del sistema del lenguaje, ya que el lenguaje no tiene
exterior[144].
El Tractatus señala de esta manera lo
que puede ser pensado y dicho con sentido y lo que sólo puede ser mostrado o
carece de sentido. Frege y el primer Wittgenstein lograron formular los
fundamentos de una teoría de la significación para un lenguaje en general con
base en la idea de condiciones de verdad. De acuerdo a Hintikka[145] el
desarrollo de toda semántica veritativo condicional presupone adoptar la
concepción del lenguaje como cálculo, por el contrario, la concepción
universalista, de la cual el primer Wittgenstein sería un representante típico,
implica que las relaciones semánticas y fundamentales que articulan el lenguaje
con la realidad están supuestas en todo lo que podemos decir sobre cualquier cosa,
incluso cuando hablamos sobre el lenguaje mismo. Hintikka también cree que la
teoría pictórica del lenguaje del Tractatus
puede ser reinterpretada para vincularla con la teoría de los modelos. No
obstante, la posición de Hintikka se inclina hacia la defensa del lenguaje como
cálculo y la idea de que el lenguaje ordinario debe ser investigado a partir de
los resultados derivados de la lógica y la aplicación de sistemas formales[146].
Hintikka desplaza la distinción propuesta por
Heijenoort a propósito de la lógica para aplicarla al lenguaje en general. Este
desplazamiento desde el terreno de la lógica hasta el lenguaje natural
presupone ciertas relaciones entre las teorías formales y los lenguajes
naturales que no están presentes en la distinción de van Heijenoort o la
semántica de Tarsky. Toda la extrapolación llevada a cabo por Hintikka le
conduce a postular una dicotomía tajante entre la concepción universalista del
lenguaje y la concepción del lenguaje como cálculo que no sirve para comprender
adecuadamente ni a Peirce ni a Wittgenstein. En su trabajo sobre Quine,
Hintikka[147]
sintetiza las características de su dicotomía generalizadora, pero al tratar de
aplicarla al periodo de transición de Wittgenstein y el Pragmaticismo de Peirce
ésta resulta inadecuada.
La concepción del lenguaje como cálculo fue abandonada
por Wittgenstein de manera progresiva. En la Gramática Filosófica el rechaza la idea de que el lenguaje contiene
dos tipos de reglas, unas que sirven para establecer el contacto entre el
lenguaje y la realidad y otras para determinar las relaciones que se dan entre
las expresiones al interior del lenguaje. Esta crítica es importante, ya que
implica que las reglas que forman parte de un sistema de signos no se derivan
de una supuesta naturaleza que les precede y se les impone, sino que el sistema
de signos permanece inalterado una vez afectados los signos de un lenguaje[148].
Wittgenstein considera que los signos no tienen otra significación que la que
nosotros les damos y no podemos pretender una teoría semántica sistemática del
lenguaje que podría mostrar una significación profunda de las palabras y los
constituyentes últimos que la componen. Sin embargo, en el periodo de
transición Wittgenstein regresa una y otra vez a la idea de que la palabra o la
proposición solo obtienen su sentido dentro de un sistema y que su sentido está
determinado por el lugar que ocupan en el sistema o el rol que cumplen en el
cálculo. Será más adelante en las Investigaciones
cuando la sospecha sobre esta concepción y las nociones de sistema o de cálculo
le lleven a desarrollar la noción de juego
de lenguaje mediante la cual se plantea que la significación de una palabra
es el uso que tiene en un determinado juego. Se introducen así dos elementos
nuevos, por un lado, ya no se trata de un sistema único sino de una innumerable
diversidad de juegos de lenguaje. Por
el otro, la noción de juegos de lenguaje
está integrada con una actividad, con una forma
de vida, ya que las palabras están entretejidas con acciones de diverso
tipo.
Por su parte, Peirce definió el significado como la
consecuencia de la interrelación de una serie de elementos. Esta noción de
significado tiene como base una concepción del signo como proceso (semiosis) situado
espacio temporalmente. Los signos sirven para la comunicación de una forma o un
hábito incorporado en los interpretantes que determinan la conducta de los
intérpretes y sus interacciones con el mundo y con los signos. Para Peirce el
hábito implica una disposición para actuar de ciertos modos bajo ciertas
circunstancias. El significado de un signo se comprende a través de los hábitos
de acción, reacciones y pensamientos que ellos provocan; para Peirce, “las
posibles consecuencias prácticas de un concepto constituyen la suma total del
concepto”, en últimas, el significado se muestra en la disposición para seguir
cierta regla como guía de nuestra acción[149].
Por su parte, Wittgenstein considera el significado como el resultado de formas
de vida o juegos de lenguaje mediante los cuales se establecen criterios para
la acción. Mientras Peirce habla de hábitos Wittgenstein habla de “seguir una
regla”, el primero habla de “máximas” para la acción y el segundo de
“criterios”, ambos coinciden en que la base final que establece el significado
de una expresión es la acción mediante los signos del lenguaje en situaciones
concretas. Para Wittgenstein una expresión obtiene su significado a partir de
su rol en un juego de lenguaje; para Peirce, el significado es el resultado de
un proceso dinámico (semiosis) que se manifiesta en la conducta de los
intérpretes y la totalidad de los efectos prácticos concebibles en situaciones
concretas.
Ahora bien, tanto en Peirce como en Wittgenstein la
semántica es posible, es decir, es posible hablar de la relación entre el
lenguaje y el mundo, sólo que la dimensión pragmática subsume cualquier
semántica, ya que el significado descansa sobre el uso de los signos y las
acciones con las cuales esta entretejido. Ciertamente Peirce propone una
definición de signo y presenta una serie de elementos constitutivos del proceso
de significación, mientras que Wittgenstein rechaza toda definición estricta de
significado y se niega a establecer los elementos constitutivos de toda
significación. Pero del hecho que no podamos definir o establecer las
condiciones necesarias y suficientes de los conceptos fundamentales o los
elementos constitutivos del lenguaje no se sigue la inefabilidad semántica. Una
cosa es no poder definir los conceptos o los objetos, y otra muy diferente es
no poderlos expresar. Que no podamos definir de manera clara y distinta los
conceptos, los objetos o la verdad, y que no podamos evitar la vaguedad y la
ambigüedad, es muy distinto a que no nos podamos hablar acerca de esto o que las
relaciones entre lenguaje y mundo sean inefables. Estamos frente a nueva
concepción donde el lenguaje coincide con las formas de vida, cuyos límites son la acción humana misma y cuya
significación se deriva a partir del uso y las consecuencias prácticas que esto
produce en el mundo.
Según Hintikka, en la concepción del lenguaje como
cálculo la interpretación puede variar y hay mundos posibles, mientras que en
la concepción universalista la interpretación no puede variar y solo se puede
hablar de un único mundo. Sin embargo, la noción de juegos de lenguaje de Wittgenstein introduce la posibilidad de
diferentes interpretaciones, pero la interpretación entre la regla y su
ejecución no suprime la indeterminación, ya que solo reemplaza una formulación
de una regla por otra. En la base de toda utilización de reglas hay una forma
de aplicación que no es una interpretación de la regla. La concordancia de los
usuarios en las aplicaciones de la regla no es una concordancia en las
interpretaciones sino en las acciones: “el modo de actuar humano común es el
sistema de referencia”[150].
Las acciones son lo dado, ya que constituyen las formas de vida a partir de las
cuales toda expresión obtiene su significado. La concordancia entre las
reacciones y las conductas de los individuos frente a los problemas de cálculo
es un presupuesto de la existencia de este, aunque no forma parte del cálculo
mismo. Para Wittgenstein obedecer una regla es una costumbre, una práctica[151]
o una institución: “Comprender una frase quiere decir comprender un lenguaje.
Comprender un lenguaje quiere decir dominar una técnica”[152].
Peirce, por su parte, considera que un signo llega a
ser significante y se constituye como signo por el hecho de que es usado e
interpretado como tal, bien sea por el hábito o la convención[153].
Es en el uso y en la experiencia que el significado crece, y las palabras
varían sus significados a través del tiempo y en relación con los contextos de
uso[154].
El único pensamiento que puede ser conocido es el pensamiento en signos. Todo
pensamiento se da en signos y debe ser interpretado en otro signo o determinará
algún otro pensamiento. No podemos pensar sin signos[155].
La palabra o signo que utiliza el hombre es el hombre mismo, el hombre es un
signo: “mi lenguaje es la suma total de mí mismo”[156].
Mediante el proceso de semiosis los intérpretes usan algo en lugar de otra cosa
en calidad de interpretante, este se convierte a su vez en un signo, y así ad
infinitum[157].
Sin embargo, aunque los procesos de significación y las interpretaciones pueden
extenderse infinitamente, los efectos prácticos del uso de los signos y las
acciones concretas determinan el significado[158].
El interpretante dinámico constituye un evento singular y real relativo a los
efectos prácticos producidos por el signo y experimentados por los intérpretes
en situaciones concretas durante el proceso de semiosis[159].
Para Peirce el mundo es uno solo aunque las
significaciones e interpretaciones puedan variar y existan muchos mundos
posibles y concebibles. El interpretante inmediato es una abstracción, un
modelo posible de lo real, mientras que el interpretante dinámico es un evento
real: “consiste en el efecto directo actualmente producido por un signo sobre
un intérprete”[160].
El proceso de significación (semiosis) hace del signo-interpretante una forma
de organizar la conducta de un agente y su mundo con base en un propósito
racional[161].
El interpretante aparece como un “acto posible”, es decir, lo que el signo
determinaría en el intérprete en caso de que hubiese alguno[162].
El interpretante final es aquel hacia el cual tiende todo lo real, constituye
el único resultado efectivo y práctico al que cada intérprete está destinado a
llegar y en el cual coincidirá con otros si el signo es suficientemente
considerado[163].
El mundo real es uno solo aunque la interpretación
puede variar o ser inacabada. Tenemos así una concepción universalista del
lenguaje en Peirce, ya que el lenguaje se convierte en la condición límite del
pensamiento humano y para él no es posible estar por fuera del lenguaje. Pero
al mismo tiempo el lenguaje aparece como inagotable aunque no inefable, es
decir, para Peirce es posible elaborar metalenguajes o construir sistemas
formales para ciertas parcelas del lenguaje, a pesar que no podamos describir
exhaustivamente la totalidad del lenguaje ni elaborar una teoría exhaustiva y
unificadora que logre dar cuenta de todo el fenómeno del lenguaje. Su nueva
lista de las categorías y sus investigaciones semióticas son un esfuerzo en
este sentido, pero nunca se sintió satisfecho con los resultados.
Adicionalmente Hintikka considera que Peirce es un
representante típico de la concepción del lenguaje como cálculo y que es entre
los representantes de la concepción universalista que las verdades lógicas son
verdades de este mundo y la metafísica es un problema central, no obstante, podemos
observar que Peirce considera a las verdades lógicas como verdades en este
mundo, dado que las leyes o regularidades están encarnadas en los individuos,
les gobiernan necesariamente y prescriben algunas de sus cualidades[164].
Para Peirce las leyes lógicas en tanto símbolos muestran que hay objetos reales
que son generales y que hay principios generales realmente operativos en la
naturaleza de este mundo, el único que tenemos. Según Peirce la generalidad es
un aspecto indispensable de la realidad[165].
Y este realismo de Peirce supone, por supuesto, un compromiso ontológico que el
explícitamente defiende y argumenta con base en un compleja elaboración
metafísica.
En efecto, tal y como lo habría planteado Peirce desde
1877 siguiendo a Aristóteles, siempre tenemos una metafísica, y cuanto menos
nos ocupamos de ella con mayor certeza afirmamos su presencia[166].
Y la metafísica estudia las características más generales de la realidad y los
objetos reales[167].
La manera más apropiada de enfrentar las cuestiones metafísicas es comenzar por
la lógica, puesto que es la única manera razonable de establecer los principios
del razonamiento[168].
Pero para Peirce la lógica se diferencia de la matemática, aquella es solo una
ciencia normativa que se basa en la ética, que a su vez se basa en la estética[169].
Incluso Peirce llegó a considerar que lógica y matemática poseen intereses
incompatibles[170].
Las ciencias normativas son preliminares indispensables y propedéuticas para la
metafísica: “la mayoría de las concepciones metafísicas (…) no son sino
concepciones lógicas aplicadas a objetos reales”[171].
Sin embargo, la más fundamental entre todas las ciencias positivas es la
fenomenología, que se ocupa de las cosas como son realmente, mientras que las
matemáticas son una ciencia hipotética que estudia las cosas como supuestamente
deberían ser, no solo en este mundo, sino en cualquier mundo posible[172].
Al igual que Wittgenstein, Peirce consideró que un acercamiento fenomenológico
a los datos de la experiencia y la percepción era un aspecto fundamental para
el esclarecimiento de nuestros conceptos[173].
En síntesis, Wittgenstein y Peirce no entran sin
deformación en la dicotomía propuesta por Hintikka, ya que él extrapola una
distinción que inicialmente fue propuesta por van Heijenoort sólo para elucidar
dos concepciones de la lógica. Hintikka pretende aplicar esta distinción al
lenguaje en general y a los lenguajes naturales en particular. Esto es lo que
le conduce a incluir en la concepción universalista a Wittgenstein junto con
Frege y Heidegger, mientras que sitúa a Peirce en la concepción del lenguaje
como cálculo. Adicionalmente, Hintikka esta parcializado y asume los resultados
de las teorías formales, incluyendo la lógica, como base para su análisis, lo
que le conduce a adoptar la tradición de la teoría de modelos como el punto de
vista metodológico privilegiado: “la historia de la lógica tanto matemática como
filosófica demuestra ampliamente la necesidad de un punto de vista acorde con
la teoría de modelos”[174].
Ni las investigaciones de Peirce sobre todas las formas posibles de la semiosis
se restringen al campo de la concepción del lenguaje como cálculo y el desarrollo
de sistemas formales y metalenguajes, ni la concepción del lenguaje del segundo
Wittgenstein excluye necesariamente la utilización de lenguajes formales o conduce
a la inefabilidad semántica. Ambos autores contribuyeron a un giro
revolucionario en nuestra forma de concebir la relación entre el lenguaje, acción
y realidad que no entra fácilmente en nuestros esquemas interpretativos
tradicionales. Reconocer la originalidad de Peirce y Wittgenstein, así como la
posibilidad del encuentro y complementariedad entre las investigaciones
semióticas peirceanas y la filosofía analítica del lenguaje del último
Wittgenstein, resultan claves insoslayables para ampliar nuestra comprensión
sobre la acción humana y su relación con los procesos de significación[175].
6. Conclusión: complementariedad semiótica y semejanzas de familia
Para Upper, “el problema no es si Wittgenstein y Peirce
compartieron muchas de estas mismas creencias, sino sí esas creencias
compartidas son triviales o importantes”. El punto fundamental de esta observación
es que señala “que hay una tentación real en exagerar las similitudes entre dos
pensadores enfocando todo el esfuerzo [de comparación] en un sólo aspecto de su
trabajo”[176].
Para evitar los errores de comparación a los que alude Upper, él sugiere concentrarse
en los aspectos del trabajo de Wittgenstein que la comunidad filosófica parece
aceptar como contribuciones importantes y distintivas a la filosofía. Esta ha
sido mi propósito central en el presente trabajo. En ese sentido, me gustaría
cerrar insistiendo que Peirce y Wittgenstein tienen concepciones similares de
“significado” en tanto enfatizan la relación entre significar y acción
práctica: “Las similitudes se extienden a otras demandas que son fundamentales
a sus posiciones: los dos reconocieron la necesidad de clarificar los
conceptos, los dos reconocieron la importancia de la vaguedad en el idioma
ordinario, los dos rechazaron la duda cartesiana y vieron el escepticismo como
un “tigre de papel”, y los dos insistieron en el criterio público de
meaningfulness”[177].
Para Peirce no existe una frontera infranqueable entre
pragmática y lógica o entre el lenguaje como medio universal y el estudio
formal del lenguaje. No es que debamos estudiar la pragmática del lenguaje más
que o además de su sintaxis y su semántica formal, sino que al entender
adecuadamente los procesos de significación del lenguaje, la semántica, incluso
la más formal, se nos aparece como parte de la pragmática y aun los sistemas
formales y las reglas sintácticas de la inferencia lógica se encuentran ancladas
en la dimensión pragmática del uso y efecto de los signos. Peirce no creyó que
debíamos reemplazar el estudio lógico formal del lenguaje o privilegiar la
perspectiva del lenguaje como cálculo, sino que creía que una perspectiva
semiótica amplia sobre el lenguaje, incluida una investigación exhaustiva sobre
las lenguas naturales y los lenguajes no verbales, nos permite comprender la
complementariedad e integralidad de los diversos aspectos del lenguaje y el
pensamiento. Las semejanzas de familia entre las nociones de semiosis y juegos
de lenguaje en Peirce y Wittgenstein solo pueden ser usadas en contra de la
unidad y pluralidad del campo semiótico si se reducen los juegos de lenguaje de
Wittgenstein a su aspecto puramente lingüístico o se considera a Peirce
únicamente desde sus aportes a la lógica formal y la matemática. Esto conduce a
los trillados contrastes entre los actos o
expresiones lingüísticas y los símbolos lógicos y los sistemas formales
que permiten modelar algunas partes del lenguaje cotidiano. Pero la semejanza
de familia que encuentro entre las
dos nociones centrales propuestas por estos gigantes del pensamiento
contemporáneo se hace evidente en la insistencia de ambos genios en que el
lenguaje comprende la totalidad de los procesos
de semiosis o una innumerable red de juegos
de lenguaje, de los cuales las palabras, las frases y las expresiones
lingüísticas o los sistemas formales y cálculos matemáticos son sólo una muy
reducida parcela. Peirce llegó a creer que los iconos, es decir, las imágenes o
retratos de los objetos son una forma posible de concebir la relación entre
lenguaje y realidad, pero que hay muchas más formas de significación y una
inmensa variedad de signos. En nuestros razonamientos tenemos una mezcla de
semejanzas, índices, símbolos, etc., y no podemos prescindir de ninguno de
ellos. En el mismo sentido, Wittgenstein consideró que el isomorfismo entre las
proposiciones y el mundo, así como el nombrar o el designar, son sólo un tipo
de juego de lenguaje entre muchos
otros. El Wittgenstein de transición hacia la madurez fue en esto preclaro y se
anticipó a su época cuando en el Cuaderno
Marrón afirmó:
“No
estamos contemplando los juegos de lenguaje que describimos como partes
incompletas de un lenguaje, sino como lenguajes completos en sí mismos, como
sistemas completos de comunicación humana. Para no olvidar este punto de vista,
muchas veces es conveniente imaginar que estos lenguajes tan simples son el
sistema entero de comunicación de una tribu en un estado de sociedad primitivo.
Piénsese en la aritmética primitiva de tales tribus. Cuando el muchacho o el
adulto aprenden lo que podrían llamarse lenguajes técnicos especiales, por
ejemplo, el uso de mapas y diagramas, la geometría descriptiva, el simbolismo
químico, etc., aprenden más juegos de lenguaje. (Observación: la imagen que
tenemos del lenguaje del adulto es la de una masa nebulosa de lenguaje, su
lengua materna, rodeada por juegos de lenguaje discontinuos y más o menos definidos,
los lenguajes técnicos)” [178]
Para el Wittgenstein del periodo de transición no es
necesario escoger entre el lenguaje cotidiano o natural y los sistemas formales
o lenguajes artificiales, no tenemos que caer en el falso dilema entre el
lenguaje como medio universal y el lenguaje como calculo, sencillamente
nuestras acciones y propósitos, nuestras necesidades vitales y prácticas,
orientan el uso que hacemos de un juego de lenguaje u otro. El Pragmaticismo de
Wittgenstein lo lleva a valorar todos los procesos
de semiosis y a reconocer la importancia de múltiples juegos de lenguaje:
“Nuestro
lenguaje ordinario, que de todas las posibles notaciones es la que impregna
toda nuestra vida, mantiene nuestra mente rígidamente en una posición, por así
decirlo, y en esta posición la mente se siente a veces entumecida, deseando
adoptar otras posiciones. De este modo, nosotros a veces deseamos una notación
que acentúe con más fuerza una diferencia, la haga más evidente de lo que la
hace el lenguaje ordinario, o bien una que utilice en un caso particular formas
similares de expresión de un modo más uniforme que nuestro lenguaje ordinario.
Nuestro entumecimiento mental desaparece cuando se nos muestran las notaciones
que satisfacen estas necesidades. Estas necesidades pueden ser de lo más
variadas”[179].
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Ludwig Wittgenstein: A memoir. Oxford University Press.
[1] En este trabajo las obras o
recopilaciones de textos de Ch. S. Peirce van precedidas por las siglas
utilizadas tradicionalmente como abreviaturas de cada una de ellas, seguidas de
una expresión numérica que indica el volumen
y el número del párrafo o de la página de dicha obra. Para el caso de las obras de L. Wittgenstein
he utilizado mis propias siglas como una forma de referir a los textos,
seguidas de un número precedido por un símbolo para indicar que es un aforismo
o entrada o párrafo y una expresión numérica para indicar la página. El resto
de obras de esta bibliografía se refieren, a partir de la segunda vez que
aparecen en el texto, con la expresión del apellido y siglas del nombre del
autor seguido de la fecha de edición y el número de página
[2] R. Fabbrichesi,
"L'immagine logica in Peirce e in Wittgenstein" en Peirce in Italia
(M. A. Bonfantini and A. Martone, 1993) p. 393-398; D.L. Gorlee,
"Wittgenstein et Peirce: Le jeu de langage" (Semiótica 73, 1989)
p.219-231; C. Hookway, Peirce (London: Routledge & Kegan Paul 1985); A.
Mullin. “Philosophical Comments on the Philosophies of Charles S.
Peirce and Ludwig Wittgenstein” (Urbana, lll: Electrical Engineering Research
Laboratory, University of Illinois, 1961); R. Rorty. "Pragmatism,
Categories, and Language" (Philosophical Review 70, 1961) p. 197-223; Gullvag,
Ingemund. 1981. "Wittgenstein and Peirce." In Wittgenstein,
Aesthetics and Transcendental Philosophy, edited by K.S.Johannessen y
T.Nordenstam, 70-85. Vienna: Holder-Pichler-Tempsky.
[3]
J. Nubiola."Scholarship on the Relations between Ludwig Wittgenstein and
Charles S. Peirce" (I. Angelelli y M. Cerezo, eds., Studies on the History
of Logic. Proceedings of the III Symposium on the History of Logic, Walter de
Gruyter, Berlin, 1996) p.281-294.
[4]
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(Midwest Studies in Philosophy 6, 1981) p.263-273;
[5]
R. Haack. “Wittgenstein's Pragmatism”. (American Philosophical Quarterly,
19(2), 1982) p. 163-171.
[6]
J. Upper. “On the very idea of comparing Wittgenstein and Peirce” (1992). Consultado en línea Marzo 2013:
http://www.cspeirce.com/menu/library/aboutcsp/upper/scholar.htmhttp://www3.sympatico.ca/johnupper/mypapers/wp-very.htmUpper,
1992)
[7]
Mullin, 1961.
[8]
J. Feibleman. An Introduction to Peirce's Philosophy Interpreted as a System (New
York: Harper, 1946).
[9] B. Russel, en J. Feibleman,
1946 : p. XV.
[10]
H.S. Thayer. Meaning and Action: A Critical History of Pragmatism (Nueva York:
Bobs-Merrill, 1968) p. 305.
[11] Nubiola, 1996: 11-13.
[12]
F.P. Ramsey. “Review of The Meaning of Meaning” (Mind 33, 1924) p. 109
[13]
L. Wittgenstein. Letters to C.K. Ogden with Comments on the English Translation
of the Tractatus Logico-Philosophicus. Edited by G.H. von Wright. (Oxford:
Blackwell, 1973) p. 69.
[14]
F.P. Ramsey. “Review of Tractatus Logico-Philosophicus” (Mind 32, 1923) p.
464-478.
[15]
F.P. Ramsey. 1923, en Shanker, V. A.
Ludwig Wittgenstein: critical assessments (Vol. 1, 1996). S. G. Shanker
(Ed.). Taylor & Francis US, p. 37-38.
[16]
F.P. Ramsey, 1923: 37.
[17]
Ch. S. Peirce, CP 5.120-150; EP 2: 196-207.
[18]
R. Bambrough, 1981: 264
[19]
Ch. S. Peirce, CP 1.29.
[20]
Ch. S. Peirce, CP 2.156.
[21]
Ch. S. Peirce, CP 1.238.
[22]
Ch. S. Peirce, CP 5.540.
[23] Ch. S. Peirce, CP 2, p. 2.
[24]
IF p. 5
[25]
G. H. von Wright. “A biographical sketch” in Malcolm, N. Ludwig Wittgenstein: A
memoir. (Oxford University
Press,1966);. (2006); A. Tomasini. “Comprensión: filosofía tradicional versus
pensamiento wittgensteiniano” (Revista de Filosofía, No. 53, mayo-agosto,
Universidad del Zulia, Maracaibo, Venezuela. 2006) p. 2; A. Tomasini. Filosofía
analítica, un panorama (Plaza y Valdes.2012a) p.328; A. Tomasini. “La
Superioridad del Método de los Juegos de Lenguaje y las Formas de Vida” (Wittgenstein en Español III, Xalapa:
Universidad Veracruzana. 2012b) p. 2.
[26]
C. Hookway. The Pragmatic Maxim: Essays on Peirce and Pragmatism. (Oxford
University Press, 2012) p. 165-234.
[27] Ch. S. Peirce, EP 2.195
[28] Ch. S. Peirce, EP 2:332
[29] Ch. S. Peirce, EP 2:346
[30] J.J. Liszka. A General Introduction to the Semeiotic
of Charles Sanders Peirce (Indiana University Press,1996) p. 18ss
[31] Ch. S. Peirce, CP 2.228
[32] Ch. S. Peirce, CP 2.303
[33] Ch. S. Peirce, CP 2.307
[34] Ch. S. Peirce, CP 5.488
[35] Ch. S. Peirce, CP 2.227
[36] Ch. S. Peirce, CP 2.229
[37] C. Morris, Fundamentos de la teoría
de los signos (Editorial Paidós. 1985) España. p. 33.
[38] EP 2.19
[39]
Ch. S. Peirce, C.P 5.484; EP 2: 411
[40] M. U. R. Monroy. “La semiosis: un modelo
dinámico y formal de análisis del signo” (Números. 2001):
[41]
Ch. S. Peirce, CP 2.283
[42]
Ch. S. Peirce, CP 5.488
[43]
Ch. S. Peirce, CP 5.484, Cfr. J.
Queiroz & F. Merrell. Semiosis
and pragmatism: Toward a Dynamic Concept of Meaning (Sign Systems Studies, (1),
2006) p. 37-65.
[44] CP 5.181; 5.184
[45] CP 5.187
[46]
A. García Suarez. La lógica de la experiencia, Wittgenstein y el
problema del lenguaje privado (Madrid, Tecnos, 1976); J.V. Arregui. “¿Fue Wittgenstein
pragmatista?: algunas observaciones desde Vico”. (AdVersuS: Revista de
Semiótica, 6, 2006) p.3.
[47] Wittgenstein, IF §22, 25; Arregui: 134.
[48] Wittgenstein, IF § 25; Arregui: 137.
[49]
A. Tomasini. 2012b. p. 2
[50]
Wittgenstein, IF § 108; GF § 18.
[51]
GF § 49ss
[52]
Wittgenstein, GF § 68, 75, 118.
[53]
Wittgenstein, IF § 65-67.
[54]
Wittgenstein, IF § 49, 261.
[55]
Wittgenstein, IF § 116.
[56]
Wittgenstein, UEFP § 121
[57]
Wittgenstein, 3.326, 6.211, 3.227, 3.328, 3.33
[58] Wittgenstein, TLP 4.024, 4.063.
[59]
Wittgenstein, TLP 3.203, 4.22.
[60] Wittgenstein, IF, § 11
[61] Wittgenstein, IF, § 14, 421, 489; A. Kenny, Wittgenstein (Alianza Editorial, Madrid,
1982) p.139
[62] Wittgenstein, CAM 27.
[63] Wittgenstein, CAM: 44.
[64]
Wittgenstein, CAM: 45.
[65] Wittgenstein, CAM: 45.
[66]
Wittgenstein, Z 186; Cfr. Z 419; 703
[67] H. Lenk & M. Skarica. Wittgenstein y el
giro pragmático en la filosofía (Ediciones del Copista, 2005) p. 19-30; E. K.
Specht, The Foundations of
Wittgenstein’s Late Philosophy (Manchester University Press, 1969 )
[68] Wittgenstein, CAM: 92.
[69] Wittgenstein, CAM: 45-46.
[70] Wittgenstein, CAM: 33.
[71]
Wittgenstein, CAM: 31.
[72] Wittgenstein, IF I §66.
[73] Wittgenstein, IF I §3.
[74] Wittgenstein, CAM: 92.
[75] Wittgenstein, CAM: 115.
[76] Wittgenstein, CAM: 27.
[77]
Wittgenstein, IF I, §66-7.
[78]
Wittgenstein, IF I, §66.
[79] Wittgenstein, CAM: 168.
[80]
Wittgenstein, CAM 37.
[81] Wittgenstein, CAM: 43.
[82]
Wittgenstein, IF §90.
[83]
Wittgenstein, IF I, 122-9.
[84]
Wittgenstein, CAM 56.
[85]
Wittgenstein, IF §116.
[86] Wittgenstein, CAM: 29.
[87]
Wittgenstein, CAM: 31.
[88] Wittgenstein, CAM: 99.
[89] Wittgenstein, TLP 4.112.
[90]
Wittgenstein, IF §133.
[91] Wittgenstein, TLP 6.5.
[92]
Wittgenstein, CAM: 65.
[93] Wittgenstein, IF §16, 132.
[94] Wittgenstein, IF §111.
[95] Wittgenstein, CAM: 56.
[96] Wittgenstein, IF §109.
[97]
Ch. S. Peirce, EP 2: 263.
[98] Ch. S. Peirce, EP 1: 126.
[99] Wittgenstein, O 1981: 23.
[100] Wittgenstein, Z, 390
[101] Wittgenstein, Z, 387
[102] Wittgenstein , Z, 374
[103]
Wittgenstein, Z, 375
[104] Ch. S. Peirce, CP 8.205.
[105] Ch. S. Peirce, CP. 5.13.
[106] Ch. S. Peirce, CP 6.490.
[107] Ch. S. Peirce, PP: 109, 1903; CP 5.6; 8.206,
1905; EP 2:400-401, 1907.
[108]
Ch. S. Peirce, CP 5. 412, 1905; EP 2:346
[109]
Ch. S. Peirce, EP 2:263ss, 1905; 2:360, 1905.
[110]
Ch. S. Peirce, EP 2:19, 2:289ss, 1903; CP 1.444, 1.445, 2.203, 2.206.
[111]
Wittgenstein, SC § 422
[112]
Wittgenstein, UC 48
[113] J. Nubiola. “W. James y L.
Wittgenstein:¿ Por qué Wittgenstein no se consideró pragmatista?”(Anuario
filosófico, 28, 2, 1995), pp. 411-424.
[114] W. James, Las variedades de
la experiencia religiosa: estudio sobre la naturaleza humana. (Volume 73, Jorge
Luis Borges: Biblioteca personal, 2002).
[115] J. Nubiola, 1995: 412-413.
Cfr. R. Haack. 1982: 163; J. Upper. 2013:
[116]
Wittgenstein, CAM: 113.
[117]
Wittgenstein, CAM: 140.
[118]
Cfr. Lenk-Skarica, 2005: 181-182.
[119] M. A. Quintana Paz. “¿Era Wittgenstein
pragmatista, los pragmatistas son wittgensteinianos, o ni una cosa ni la otra?:
sobre reglas, verdades y acciones sociales” (Daimon: Revista de filosofía, (3),
2010) p. 276.
[120]
R. B. Brandom, Robert B. Making it
Explicit: Reasoning, Representing, and Discursive Commitment (Cambridge:
Harvard University Press, 1994) p. 286.
[121]
Wittgenstein, OSFP V. 1, 266: 55.
[122] W. James, 2002: 488
[123] Ch. S Peirce, EP 1: 130-131.
[124] Ch. S. Peirce, EP 1: 124.
[125]
EP 1: 126.
[126]
EP 1: 54.
[127] EP 2:263
[128] CP 8.208
[129] K.O. Apel. El camino del
pensamiento de Charles S. Peirce (Visor, 1997) pp. 221ss.
[130]
C. Hookway. 2012: 168-170; 182ss.
[131] Ch. S. Peirce, CP 5.212.
[132] Tomasini,
1999.
[133]
J. Hintikka. “On the Development of the Model-Theoretic Viewpoint in Logical
Theory in Logic as Language”. (Synthese, 77(1), 1998) p. 239-240.
[134] J. Hintikka. Lingua Universalis vs.
Calculus Ratiocinator. An Ultimate Presupposition of Twentieth-Century
Philosophy. (Dordrecht et al., Kluwer, 1997)
[135]
Jean van Heijenoort. "Logic as Calculus and Logic as Language." (Synthese
17, 1967): 324-330.
[136] J. Hintikka, 1998: 239-240.
[137]
Merril B. and Jaakko Hintikka. Investigating Wittgenstein de (London:
Duckworth, 1988).
[138] Cfr. A. Tomasini. “Reseña de
Investigating Wittgenstein de Merril B. and Jaakko Hintikka” (Crítica Número 55,
1987)
[139]
J. Hintikka, 1998: 226.
[140]
M.B. Hintikka & J. Hintikka. 1988
[141] J. Hintikka, 1997: 22; M. Kusch, M. Language
as calculus vs. language as universal medium: A study in Husserl, Heidegger and
Gadamer, Vol. 207 (Springer, 1989) p. 3; Cfr. O. M.Esquisabel, J. Legris,
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p.2-3.
[142]
J. Hintikka, 1997: 25; Esquisabel y Legris, 2010: 5-6.
[143] J.Hintikka, 1990: 172ss; Esquisabel y Legris,
2010: 3-4.
[144]
J. Bouveresse. “Wittgenstein y los problemas de la filosofía” en Meyer,
Michel (director). La filosofía anglosajona (Prometeo, Buenos Aires, 2010) p.
260ss.
[145] M. B. Hintikka & J. Hintikka. Investigations sur Wittgenstein (Editions
Mardaga, 1991) p. 58.
[146] Esquisabel y Legris, 2010: 4-6; Cfr. Marquez,
V. M. H. “¿Qué es el absolutismo lógico? Respuesta a Alejandro Tomasini”. (DIÁNOIA,
48 (51), 2003) pp. 195-212.
[147] Hintikka, 1990: 172ss.
[148] Bouveresse, 2010: 270-271.
[149] Ch. S. Peirce, EP 2:139.
[150] Wittgenstein, IF §206.
[151] Wittgenstein, IF §202.
[152]
Wittgenstein, IF §199.
[153] Ch. S. Peirce, CP 2.307.
[154] Ch. S. Peirce, CP 2.302.
[155] Ch. S. Peirce, EP 1:24.
[156]
Ch. S. Peirce, EP 1:54.
[157]
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[158]
Ch. S. Peirce, CP 8.315.
[159]
Ch. S. Peirce, EP 2:498; SS 110-111.
[160] Ch. K. Ogden and I.A. Richards. The Meaning
of Meaning. (London: Routledge & Kegan Paul.Ogden-Richards, 1923) p. 287; Ch.
S. Peirce, CP 8.315.
[161] Ch. S. Peirce, EP 2:376; SS 110-111.
[162] Ch. S. Peirce, EP 2: 410.
[163]
Ogden-Richards, 1923: 288; Cfr. Ch. S.
Peirce, CP 8.184; 8.314; 8.315.
[164]
Ch. S. Peirce, CP 2. 293.
[165]
Ch. S. Peirce, EP: 2. 343; 2.
354; CP 5. 453.
[166]
Ch. S. Peirce, MS 1104; W 3. 235-37
[167] Ch. S. Peirce, CP 6.5; 6.6; 6.214.
[168]
Ch. S. Peirce, CP 2.166.
[169] Ch. S. Peirce, EP 2:197; Cfr. F. Poggiani.”
What Makes a Reasoning Sound?: CS Peirce's Normative Foundation of Logic”. (Transactions
of the Charles S. Peirce Society: A Quarterly Journal in American Philosophy,
48(1), 2012) p. 31-50.
[170] Ch. S. Peirce, CP 4.239, 4.370, 4.373, 3.618,
3.322, 3.364, 4.424, 4.581, 4.533, 4.134.
[171] Ch. S. Peirce, EP 2:376.
[172] Ch. S. Peirce, EP 2:144.
[173] S. Haack. “Viejo y nuevo pragmatismo”. (Diánoia, XLVI, 47, 21-59,2001) p.25;
Fabbrichesi, 1993: 393.
[174] Hintikka, 1997: 34; Cfr. Esquisabel y Legris, 2010:7.
[175]
K.O. Apel. 1997: 14.
[176] Upper, 1992 citado en G. Méndez
Hincapié. “Pragmatics without pragmatism” (Discusiones
Filosóficas, 11(17), 181-203, 2010) p. 199
[177]
Upper, 1992, en Mendez, 2010: 199.
[178]
Wittgenstein, CAM 116.
[179]
Wittgenstein, CAM 92.